Necesito poneros en contexto. Nos conocemos desde la universidad. Compartimos piso los dos últimos años de carrera y, después, siempre tuvimos una buena relación. Era divertida, graciosa, inteligente… Más adelante, en un curso de francés al que fuimos juntas, conocimos a otra amiga y, finalmente, esta nueva amiga trajo a una amiga suya de Oviedo, así que acabamos formando un grupito bastante majo.
Llegamos a los 35 con bastante inestabilidad económica, trabajos precarios y, en general, un poco desastre, pero seguíamos muy unidas. Nunca tuvimos una discusión importante porque, sencillamente, no había motivos.
¿Y cómo empezó el desastre? Pues mi amiga, de la que voy a hablar y a la que llamaré Rosa, conoció con 36 años a un chico. Él venía de lo que solemos llamar una «familia bien». Tenían dos clínicas dentales; él era dentista, sus padres también, una hermana era ginecóloga y la otra dentista pero vive en Inglaterra Incluso el abuelo paterno era cirujano maxilofacial y la abuela materna, profesora de universidad. En definitiva, una familia con una posición económica muy acomodada desde hacía generaciones, y eso se nota. Doy este detalle porque viene al caso.
Desde entonces, Rosa se ha vuelto gilipollas. Su novio es el típico buenazo que nunca ha tenido mucho éxito con las mujeres: buen estudiante, ganando un auténtico pastizal desde los 25 años y, además, buena gente. Y recalco lo de buena gente.
Desde el principio tuve la impresión de que él no se veía merecedor de mi amiga. Ella es muy, muy guapa, y creo que intentó compensar esa inseguridad dándole absolutamente de todo. Incluso, gracias a los contactos de su familia, consiguió que ella entrara a trabajar en un estudio de arquitectura y decoración ultramegapijo, de esos donde un simple jarrón cuesta 60 euros.
Mi amiga ha perdido completamente el contacto con la realidad. Se ha olvidado de la vida precaria que llevaba y ahora se cree mejor que nosotras. Nos da consejos sin tener en cuenta la situación en la que estamos, como decirnos que dejemos nuestros trabajos y nos busquemos otros mejores, como si fuera tan sencillo. Y, por supuesto, sin tener en cuenta que nosotras no tenemos un colchón económico que nos permita asumir ese riesgo.
La de Oviedo, que ya llevaba tiempo perdiendo la paciencia, se apartó definitivamente en primavera. Había quedado con Rosa y, como venía de Primark, le enseñó toda la ropa que se había comprado. ¿Y qué le dijo Rosa? «Oye, ¿no sería mejor comprarte dos o tres prendas buenas en Massimo Dutti o Cortefiel en lugar de toda esta ropa de fast fashion? ¿No ves que no dura nada? Además, se ve barata».
Aquello fue la gota que colmó el vaso, aunque solo era una más de muchas. La de Oviedo no le contestó nada. Después me escribió, me lo contó todo y terminó diciéndome: «Yo con esta tipa no vuelvo a quedar».
Conmigo ha pasado algo parecido. Estoy en un trabajo que me quema muchísimo. La razón principal es la sobrecarga de trabajo, las horas extra que no se pagan y una jefa incompetente colocada a dedo, el puto mal endémico de este país.
Pues Rosa no deja de decirme: «Deberías ser más guerrera». Y esto me lo dice una persona que trabaja a media jornada, vive en el casoplón de su novio y que, ni en un millón de años, podría permitirse el nivel de vida que tiene si no fuera por él; al que, por cierto, creo que ni siquiera quiere. Ahora estan Menorca y en agosto se van a los fiordos Noruega para no pasar calor.
Le he explicado mil veces que no puedo dejar mi trabajo sin tener otro, que sigo buscando, que incluso he hecho un máster online para mejorar mi perfil profesional… Pero nada. Cada vez tengo más la sensación de que, en el fondo, le gusta vernos mal o sentirse por encima de nosotras, es que se le nota. La de Oviedo también tiene problemas económicos y por eso compra la ropa en Primark o en Vinted.
Sin embargo, Rosa parece haber olvidado por completo que ella estuvo exactamente en la misma situación que nosotras hace apenas cinco años. Ahora ya casi no quedamos, pero hubo un tiempo en el que nos decia, a ver, donde quereis comer, miedo me dais, que al menos este limpio (porque ibamso a sitios baratos, y asi con todo)
Solo hay algunas cosas que, aunque suene feo decirlo, me reconfortan, y por eso digo que esta situación saca lo peor de mí. La familia de su novio la trata bastante regular. Ella hace como si no se diera cuenta, pero yo lo veo clarísimo, sobre todo por parte de la madre y de las hermanas.
Recuerdo un cumpleaños suyo al que asistió el novio inglés de una de las hermanas. Tuvimos que hablar en inglés y Rosa apenas pudo participar la conversación. La madre y las hermanas no perdieron la oportunidad de soltar comentarios como: «Pero ¿cómo no hablas inglés, hija? ¿A estas alturas?». Siempre con ese tono de hacerla de menos.
Y no es solo eso. Son unos pijos clasistas de tomo y lomo. En las fiestas de cumple contratan hasta un DJ. Tienen un grupo de WhatsApp en el que cada uno propone cinco canciones que quiere escuchar durante las fiestas. Pues bien, nunca, absolutamente nunca, ponen ninguna de las canciones que propone Rosa. Da igual cuáles sean. Tb, al conocerla le dijeron que era una pena con lo guapa que era tener los dientes asi (no estaban tan mal, solo un colmillo un poco torcido) y le hicieron la ortodoncia como regalo de bienvenida (a mi este comentario me parecio maligno total)
Además, muchas veces, cuando ella habla, la miran con una mezcla de altivez y condescendencia que resulta bastante evidente. Y sí, reconozco que me alegro. Sé que eso no dice mucho bueno de mí y que probablemente no sea la reacción más madura. Pero después de tantos comentarios llenos de superioridad y de tan poca empatía hacia nosotras, no me da ninguna pena verla recibir ese mismo trato por parte de la familia de su novio.