Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
Mi hermana y yo nos llevamos tres años y siempre hemos competido lo más grande en esta vida. Yo soy mayor que ella y ella siempre ha intentado copiarme y quedar por encima de mí en todo.
Para colmo, nuestros padres se han encargado de hacer hincapié en esta rivalidad y, mientras a mí me han exigido siempre la perfección, sacar las mejores notas, encargarme de las tareas de casa y responsabilidades varias, con ella han sido mucho más relajados.
Empecé a trabajar a los dieciséis años en un supermercado en verano para sacarme dinero con el que pagarme los estudios en una universidad pública y a ella le pagaron la privada sin pegar palo al agua, yo no salía de casa si mi habitación no estaba impoluta y ella tenía todo el armario sobre la silla de escritorio y no había consecuencias.
Nuestros padres siempre han negado tener una favorita, pero es evidente que sí que la tienen. Un día, me pillé la última Coca-Cola del frigorífico después de venir deslomada de currar. Pues la señora, cuando me vio con la maldita Coca-Cola, montó en cólera diciendo que se la había comprado para ella porque tenía mucho que estudiar y la necesitaba para no dormirse.
Colapsé. Le grité y le dije todo lo que pensaba de ella. Nuestros padres se metieron de por medio defendiéndola, claro está, y yo no pude más y también me encaré a ellos y me encerré en el cuarto a llorar de la rabia.
Con mi hermana no me hablo desde ese día y, aunque mis padres me insisten A MÍ, para que le pida disculpas y arregle las cosas, creo que no me corresponde a mí dar el paso porque estoy tremendamente cabreada y esto viene de lejos. ¿Debería ser yo la que se disculpe?
