Yo siempre he ido por la vida de tía abierta de mente. De esas que dicen cada uno que haga lo que quiera mientras haya consentimiento, que recomiendan libros de feminismo en las cenas y que hablan de romper tabúes con la misma naturalidad con la que piden otra ronda de croquetas.
Así que cuando me lo propusieron pensé: claro que sí 2026, libertad, experiencias, empoderamiento nena. Además venía de una racha sentimental regulera y una confunde valentía con necesidad de aprobación.
La propuesta llegó envuelta en papel de regalo: dos personas atractivas, simpáticas, con conversación interesante y una copa de vino que parecía patrocinada por mi falta de criterio. Pero me pudo el personaje. Ese alter ego moderno que todas llevamos dentro y que se despierta cuando te dicen “tranquila, tú fluye”.
Fluir. Qué verbo más peligroso.
La primera fase fue de risas nerviosas, miraditas, ese baile absurdo de nadie quiere ser la primera en hacer nada pero todas estamos aquí para hacer algo.
En las películas todo parece orgánico, sensual, con música de fondo. En la vida real hay rodillas que chocan, pelo en la boca y una voz interior que te recuerda que dejaste el gas encendido.
Hubo un momento clave en el que me vi desde fuera y pensé:
—Mi abuela que se casó con 19 solo vio un pene en su vida y no tuvo que gestionar nada de esto dormía más tranquila que yo ahora mismo.
No fue un desastre. Nadie acabó llorando en la ducha ni llamando a su ex. Pero tampoco fue la revelación espiritual que me habían prometido las revistas. Fue… raro. Como pedirte un plato exótico y descubrir que prefieres la tortilla de tu madre.
Me duché como si viniera de una excursión escolar y me preparé un ColaCao
Al día siguiente me escribieron para repetir.
Yo contesté con un diplomático “ya vemos”. Traducción: antes me hago voluntaria para una mudanza.
He llegado a varias conclusiones importantes:
No soy tan moderna como creía.
No todo lo que suena liberador te libera.
Y sobre todo he entendido algo que nadie te cuenta: no pasa nada por descubrir que ciertas fantasías funcionan mejor en tu cabeza que en tu salón.
