¡Tierra, trágame! Seguramente esto sea lo más normal del mundo, pero yo me quería morir de la vergüenza.
Después de estar durante más de 30 horas en el hospital, entre monitores, dilatación, oxitocina, epidural y un expulsivo larguíiiiiisimo, di a luz a la cosita más bonita que había visto en mi vida. Un bebé sonrosado que nadie diría que había estado luchando durante tres horas contra las matronas para no salir de mi barriga. Era precioso. Mi marido se quedó embobado al verle y yo igual, solo llorábamos de felicidad.
Nos subieron a la habitación y nos dejaron descansando unas horas. Tuvimos la suerte de que parí de madrugada y eso nos dio un poco de margen para descansar y alargar el tiempo de estar nosotros tres solos sin visitas. Por la mañana vinieron a vernos mis padres y los padres de mi marido. Estábamos todos en una nube de felicidad con nuestra pequeña bolita rosa.
Sin embargo, yo todavía no había eliminado del todo la anestesia y tenía una parte del cuerpo medio dormida. No podía levantarme sola, tenía que ayudarme alguien porque no sentía la pierna derecha y no me apañaba para caminar así. Además, todavía no controlaba mucho los esfínteres, así que cada dos horas le pedía a mi marido que me acompañara a hacer pis, por si acaso, porque yo no notaba que tenía ganas pero cuando iba ahí estaban.
Esa mañana la pasamos entre abrazos de abuelos, visitas médicas, risas y llantos. A la hora de la comida por fin se marcharon y nos dejaron un ratito solos a los tres, lo necesitábamos. Los padres de mi marido quedaron en volver esa tarde otra vez con dos de los hermanos de mi suegra y sus hijos, que querían conocer al nuevo miembro de la familia. Así que aprovechamos para estar tranquilos y para darnos arrumacos de primerizos asustados.
Si habéis parido en un hospital público sabréis que las comidas solo se las dan a la recién parida. De manera que mi marido se tuvo que buscar las habichuelas para comer. Tenemos la suerte de vivir a cinco minutos del hospital, así que no supuso ninguna tragedia: se fue a comer y a ducharse a casa aprovechando la siesta de bebé y mamá. No pasaba nada porque iba a ser media hora, todavía quedaban dos horas para que vinieran las visitas y si yo necesitaba algo estaba en un hospital lleno de enfermeras y médicos.
Estaba yo dormida tan a gusto, aprovechando la poca tranquilidad que un recién nacido deja, cuando, al abrazarle noté que se había hecho pis y se había salido todo del pañal. Hacía calor, pero no podía dejarle mojado. Así que me levanté como pude, haciendo cálculos de astrofísica en mi cabeza para llegar hasta el cambiador yo sola. Lo conseguí, cogí el pañal y las cosas necesarias para el cambio y lo volví a llevar a la cama, donde estaba adormilada mi bolita. Cuándo sintió que le empezaban a manipular empezó a inquietarse y a los pocos segundos a llorar como un endemoniado. Se conoce que esa era la señal que mi esfínter necesitaba para relajarse, porque de pronto noté algo calentito bajando por la pierna y pensé: «¿cómo puedo haberme mojado con su pis si él está en la cama y yo de pie?»
Cuando me di cuenta de que el chorro no paraba caí en que no era suyo, sino mío.
Me había meado toda la pata abajo, cómo quien dice, y no paraba la cosa, solo que yo no lo sentía. El suelo de linóleo estaba encharcado como si se hubiera roto un bidón de agua. Me quedé paralizada pensando qué hacer primero con el pañal en la mano, cuando de pronto se abrió la puerta.
¡Salvada, (pensé) es mi chico!
Pero no lo era. Detrás de la puerta apareció mi suegro, mi suegra, mi cuñada, cuatro tíos de mi marido y tres de sus hijos. ¡Recuerdos para toda la vida! jaja
