Pues no tiene mucho más misterio. Llevo una temporada en la que no estoy muy centrada.
Estrés en el trabajo. Mucho estrés, la verdad. Mi pareja pasa una temporada fuera por su investigación. Así que, además del agotamiento mental por culpa del curro, estoy pasando por una sequía sexual importante. Me desahogo con deporte y haciendo sexting y videoguarrerías con mi pareja.
Anoche no pudimos hacer videoconferencia porque estaba muy ocupado y, encima, esta noche he tenido un sueño húmedo súper vívido, que me ha dejado incandescente.
Ducha fría, café fuerte y para el trabajo.
A media mañana, a mi pareja se le ha ocurrido la genial idea de enviarme un mensajito muy subido de tono. Porque él estaba libre y no ha pensado en que yo sí estaba ocupada.
Estaba tan saturada de trabajo y me ha puesto tan encendida que he decidido irme al baño a darme un alivio.
Como quería darme mi tiempo y estar tranquila por si se me escapaba algún ruidito que me pudiese incriminar, he pasado de los baños que están al lado de las oficinas de mi planta y me he ido hasta el fondo de la segunda planta, donde hay baños menos frecuentados, y hay uno individual apto para minusválidos.
He cerrado la puerta con prisas, llevada por la excitación. Sentada en el váter, con los pantalones y las bragas por los tobillos, he vuelto a leer unos cuantos mensajitos picantes de mi pareja, he cerrado los ojos y he rememorado el sueño de esta noche, mientras empezaba a darme un alivio con mis dedos.
Estaba teniendo uno de los mejores orgasmos que me he provocado últimamente cuando se ha abierto la puerta del baño.
No quiero ni imaginarme la estampa que se ha encontrado el compañero en silla de ruedas que quería hacer uso del baño. Ha balbuceado lo que me ha parecido una disculpa y se ha largado.
Por lo visto, con las prisas de aliviar mis tensiones sexuales y laborales, no he pasado bien el pestillo de la puerta y, con sólo empujar un poco, ésta se ha abierto.
He llamado a mi pareja para contárselo, muerta de los nervios y la preocupación. El muy cabrón primero se ha descojonado de la risa. Pero cuando ha visto que estaba acojonada de verdad me ha aconsejado que fuese a buscar a ese compañero, pedirle disculpas por haberle puesto en esa situación y pedirle absoluta discreción, porque sólo faltaba que se corriese la voz sobre mi episodio.
Yo le he dicho que no tenía narices de plantarme delante de él y hablarle de eso, pero me ha dicho que seguramente él estaría tanto o más avergonzado que yo. Y que había que asegurarse de que no se fuese de la boca.
Y aquí estoy, en el rellano de las oficinas donde él tiene su puesto, dando vueltas, intentando reunir el valor suficiente para ir a verle y hablarle. Creo que estoy a punto del ataque de ansiedad.
Pero lo voy a tener que hacer, porque más ansiedad me da pensar en que se pueda correr la voz. Al menos que os echéis unas risas vosotras
