Me ponía el monitor de spinning, pero a mi novio más

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    Loversizers on #1003919

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    A Manu y a mí nos pasó lo que a tantas parejas: fue juntarnos, empezar a salir, y engordar muchísimo. Al principio no nos importaba demasiado, nos bastaba con querernos y todo eso, la curva de la felicidad, bla bla bla, pero cuando empezamos a tener que cambiar el armario entero de talla, ya no molaba tanto, así que decidimos ponerle remedio un año nuevo, como tanta otra gente también.

    Nos apuntamos al gimnasio low cost donde iba media ciudad y decidimos que iríamos juntos, para vencer la pereza más fácilmente. En este gimnasio hay una serie de clases y tú te vas apuntando a las que quieras. A los dos nos llamó la atención la de spinning, que se anunciaba en la web como una master-class constante, con uno de los mejores monitores de spinning del mundo (ya sería menos); un argentino que se llamaba Fabio. Nos apuntamos, aunque temiendo que fuera demasiado cañero.

    Cuando llegamos el primer día, Manu estaba tan tranquilo pero yo estaba como una niña el primer día de clase. No sabía cómo funcionaba una bici de esas, veía a todo el mundo super pro, colgando su toalla para el sudor (nosotros no teníamos eso), con sus botellines de bebidas energéticas y proteínicas, y me sentía super pringada. Manu ya se colocó en una bici que vio libre y yo me subí a otra, pero cuando empecé a probarla, me vine arriba (a quién pretendería yo impresionar) y le di un poco de caña. Entonces, clavé las piernas, como harías en una bici normal, y ahí fue cuando casi me quedo sin cadera. Como os imaginaréis, la inercia que había cogido la puta bici casi me rompe en dos, y solté un “¡hostia!” que se oyó hasta en los vestuarios. Me miró todo el mundo a la vez, y un tío (que no era Manu porque Manu se estaba muriendo de vergüenza en su sitio) vino corriendo a ver si estaba bien. Y no era cualquier tío, sino un pivón que estaba de locos. Se aseguró de que yo estuviera bien, que no es que yo lo estuviera, pero estaba tan bueno que el dolor pasó a un segundo plano. Y va y se presenta; era Fabio. Eso me cuadraba más, menudo cuerpo, menudo culo, menudos brazos. Por un momento se me olvidó que estaba mi novio mirando desde el otro lado de la sala y le lancé una mirada de esas que hablan más claramente que las palabras. La clase fue maravillosa, claro, con esas vistas yo me habría hecho una etapa del tour sin inmutarme.

    Al volver a casa, Manu sacó el tema de Fabio varias veces, y yo pensé que la había cagado y me lo había notado, así que lo tuve en cuenta para futuras ocasiones. Las siguientes clases (eran tres a la semana) fui la reina del disimulo, y orgullosa. Manu tardó en dejar de hablar de Fabio después de cada clase, porque siempre tenía algo bueno que decir sobre su acento, o su manera de dar clase, o su técnica.

    Una noche que Manu salió de fiesta y yo me quedé en casa, me llegó un whatsapp con un selfie de Manu y Fabio en la puerta de un bar. Me quedé atontada mirándole a Fabio, todo guapo, vestido de calle, y tardé en darme cuenta de que el bar donde estaban era uno de los bares gays más conocidos. Entonces di por hecho que Fabio era gay y sentí un pequeño alivio incluso, porque de esta manera era menos probable que acabara gustándome más en serio.

    A la mañana siguiente, fui a despertar a Manu con el desayuno, y me fijé (como para no fijarse) que tenía un chupón gigantesco en el cuello. Me corté de tirarle el café hirviendo por encima y le desperté a empujones. Manu todavía estaba medio pedo y tardó mucho en reaccionar. Para cuando fue persona, yo ya estaba medio loca gritándole, así que no le quedó más remedio que confesar. Va y me dice que había sido Fabio. Claro, no he dicho nada sobre la bisexualidad de Manu, pero cuando nos conocimos fue lo primero que me dijo, que él había estado con tíos y tías y a ver si me suponía un problema, pero vamos, a mí lo que hubiera hecho antes o lo que hiciera si no estaba conmigo me daba igual. Pero estando conmigo, ¿ese tremendo chupón? Vamos. Manu volvió a dormirse, totalmente ajeno a la que le estaba a puntito de caer. Volvió a dormirse y para cuando amaneció de nuevo, ya tenía las maletas hechas y en la puerta.


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