Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
¡Buenas chicas! Estoy pasando una fase bastante mala, con bastantes crisis de ansiedad y no sé qué hacer.
Os cuento en breve para no aburriros demasiado. Hace unos diez años o más, en plena crisis económica en España, opté para un trabajo público no relacionado con lo mío, monótono, aburrido, burocrático… porque no tenía otra opción. Había intentado por todos medios trabajar de lo mío, como educadora, pero no encontré un hueco con unas condiciones laborales mínimamente aceptables. Me conformé con aquello para poder seguir formándome y comer (ya tenía un hermano en paro). El problema es que después de unos años, empecé a caer en una fase como depresiva, sin sal, sin motivación y tristeza. Mi vida se limitaba a ir a aquel espacio a poner sellos (que no tiene nada de malo, no me malinterpreten) mientras mi cabeza soñaba con todo lo que no estaba haciendo; recuerdo que me temblaban las manos. Pedí ayuda a mi familia, fui a un psicólogo y hasta estuve con medicación durante unos meses.
Fue mi madre la que más me apoyó. Hubo un momento en el cual se abrió un poquito el cielo y asomó un rayito de luz… ¡era un trabajo de lo mío! Entonces mi familia me apoyó muchísimo, dejé el trabajo burocrático y me lancé a una nueva experiencia laboral en un centro para personas adictas. Desde entonces, me he dedicado con cuerpo y alma al centro, de una forma muy vocacional y con unas condiciones laborales bastantes mediocres en lo que lo económico se refiere. Pero me siento querida.
Hace unos años conocí a mi pareja, creo que algo que le gustó de mi es la pasión y el empeño que le pongo en mi trabajo con jóvenes con problemas de adicción. Él se dedica al ámbito de la educación, pero es funcionario y pese a que trabaja menos horas que yo, obviamente cobra más y mejor. Entonces las diferencias se han hecho muy significativas, porque si me comparo con él soy “una obrera en condiciones precarias”. La relación se ha estabilizado y es muy obvio que mi tiempo de dedicación a estos jóvenes ocupan un lugar importante en mi vida. Hemos pensado en casarnos y formar una familia y desde entonces ¡todo ha cambiado!
La familia de mi novio “es una familia de funcionarios estatales”. Las reuniones familiares parece que son juntas de gobierno, en la cual, que si días libres, que si vacaciones libres, que si trienios y sexenios, jubilaciones adelantadas y otras perlas. A veces, realizan comentarios un poquito despectivos sobre “los trabajadores de entidades sociales”. Si ellos tienen perlas yo tengo plástico del chino. ¡Las comparaciones son odiosas!
El otro día me dijeron que “tengo que anotarme a las listas del trabajo anterior” porque ahora está mejor remunerado, sería estable, podría ascender y “ser de bien”. Otro comentario fue:
“Mi hermano no tendría por qué subvencionar tus hobbies ni el centro de adictos”. Entonces estábamos en la mesa, con el postre, y mi mano derecha empezó a temblar debajo de la mesa.
Pensé que mi novio era diferente, pero hace dos días me sacó el tema en casa. Me dijo que en el trabajo anterior cobro 200 euros más, que es el 50% de la hipoteca. Tendrás que sacrificarte ahora que ya no eres una niña.
Desde entonces no me encuentro nada bien y no paro de llorar.
