Todo el mundo dice que soy una chica súper cariñosa, amable y dulce, que son tres de las características que mejor me definen. Supongo que todo ese dechado de virtudes está un poco destinado a suplir otra serie de carencias bastante evidentes en mi persona, como el hecho de que el día que repartieron el salero y el desparpajo para moverse, a mí me
pillaron cagando. Lo cierto es que a estas alturas lo tengo naturalizado y asumido. Lo que no me imaginaba es que mi torpeza llegara a tales cotas que fuera a suponer un problema incluso a la hora de conquistar a los hombres.
Nos conocimos en el veterinario, después de coincidir en la sala de espera tres o cuatro veces con nuestros respectivos perretes que, curiosamente, eran de la misma raza y se llamaban igual. Nos hizo gracia aquella coincidencia y a fuerza de charlar y tontear en aquella consulta mientras nuestras mascotas se olisqueaban los culos mutuamente, hicimos buenas migas e intercambiamos números de teléfono. Al poco tiempo ya nos seguíamos en redes sociales, un acto aparentemente ingenuo pero que viene a ser el equivalente humano al olisqueo de culo perruno, porque aunque a diferencia de nuestras mascotas, nosotros todavía no nos habíamos olisqueado las posaderas, era evidente que nos gustábamos.
De hecho, aunque en principio la idea -o la excusa, mejor dicho- era quedar para salir a dar un paseo con los perros, nuestras conversaciones empezaron a rayar bastante en el flirteo. Teníamos muchas cosas en común, pero es que además físicamente el chaval me ponía como una moto y cada vez que me tiraba una indirecta, me volvía loca. Nos vimos un par de veces hasta que decidimos ir un poco más allá y quedar para picar algo y tomar unas cervezas sin la compañía de nuestros peludos. Todo fue perfecto. Tan perfecto que no queríamos irnos a casa, así que la cita se alargó y terminamos yéndonos de copas a un garito de la zona.
Entre gin tonic y gin tonic, cayeron unos cuantos morreos de aúpa y yo estaba tan pletórica que empecé a bailar. Con el subidón de autoestima y la adrenalina disparada a causa de aquellos besos, me olvidé de que el baile no era lo mío. Mi idea era ponerle brutísimo con mis movimientos de cadera y culamen; en mi cabeza yo era una diosa del reggaetón, contoneándome delante de él, pero en realidad guardaba más parecido a un híbrido entre Leonardo Dantés y Lidia Lozano. Ante aquel baile chuminero su expresión mutó de querer comerme viva a vergüenza ajena pura y dura, mezclado con auténtica sorpresa y un «tierra trágame» escrito en la cara.
El chaval bebía de su copa con la cabeza gacha, mirando a su alrededor con disimulo, como cuando tu madre baila en las fiestas del pueblo o en la boda de tu prima y huyes por temor a que te relacionen con ella. Para su desgracia y para la mía, ya puestos, mis contoneos de culebrilla arrítmica habían acaparado la atención de prácticamente todo el garito, que me miraba descojonado. Quise retomar el tonteo y dejé de bailar al momento, pero ya era tarde. Todo el morbo y la atracción que nos había envuelto hasta mi arranque de baile, por llamarlo de alguna manera, habían desaparecido por su parte. Me maldije a mí misma, sabiendo que era bastante probable que nunca más volviera a enrollarme con aquel chico al que le faltaba salir corriendo de la vergüenza.
Y no me equivoqué, porque después de mi arrebato bailongo, no tardamos en volver a nuestras respectivas casas sin beso de despedida, a pesar de que hacía tan sólo unos minutos nos hubiéramos comido los morros como dos adolescentes. No supe nada más de él hasta que una tarde especialmente aburrida en la que tuve demasiado tiempo libre, decidí escribirle pensando que igual ya se le había olvidado la escena y que podríamos volver a vernos. Pero vaya si se acordaba. Me dijo que le parecía una chica genial y muy guapa pero que era mejor dejar las cosas como estaban, porque bailaba «como la niña de El Exorcista».
Una tiene que ser consciente de sus limitaciones y yo reconozco que soy una persona
bastante torpe, pero nunca pensé que mi nivel de patosidad fuera a alcanzar semejantes cotas de ridículo. Sólo espero que mi perro no me odie por haberle cambiado de veterinario, pero después de aquello no me sentí capaz de volver a cruzarme con el Víctor Ullate de las narices.
