Llevo seis años con mi empresa.
Los cuatro primeros fueron una auténtica locura. Trabajaba de lunes a domingo, no conocía lo que era un puente, las Navidades las pasaba preparando pedidos y las vacaciones directamente desaparecieron de mi vida.
Hubo meses en los que me pagaba 700 euros porque prefería pagar antes a mis empleados y a los proveedores.
Más de una vez me pregunté si había cometido el mayor error de mi vida.
Ahora, por fin, las cosas van bien. No me voy a quejar porque me siento una afortunada. Pero siento que mi familia solo ha visto el resultado, no todo lo que ha costado llegar hasta aquí. Ni todo lo que me subestimaron y me dijeron que estaba perdiendo el tiempo.
Mi hermano me pidió hace poco dinero prestado para cambiar de coche porque, según él, «a ti sobra».
Y cuando alguna vez digo que un gasto me parece caro, siempre sale alguien con el típico: «Anda ya… si tú puedes permitírtelo.»
Y es que parece que tener una empresa significa tener dinero infinito.
Nadie se acuerda de los años en los que no tuve vacaciones, de las noches hasta las dos de la mañana trabajando o de los fines de semana pegada al ordenador mientras ellos estaban de comida familiar.
No me molesta que ahora me vaya mejor. Me lo he ganado.
Lo que me duele es que parezca que el esfuerzo ha desaparecido de la ecuación y que todo el mundo dé por hecho que, como soy empresaria, tengo la obligación de pagar más, prestar dinero o invitar siempre.
¿A alguien más le pasa? Porque siento que, para mi familia, emprender equivale automáticamente a ser rica, y no tiene nada que ver.