Que mi hija dice palabrotas lo sé. Lo sé porque las aprende de nosotros y porque en casa las oye con una frecuencia que no voy a intentar justificar porque no tiene justificación. Mi marido y yo somos muy de palabrotas, siempre lo hemos sido, es nuestra forma de hablar y llevamos años intentando controlarlo con ella delante y llevamos años sin conseguirlo del todo.
Lo hemos intentado. Nos corregimos el uno al otro, nos damos codazos, a veces nos reímos porque somos conscientes de lo absurdo de la situación y la risa tampoco ayuda. Mi hija nos mira, lo procesa, y luego lo suelta en el momento menos oportuno con una naturalidad que da miedo porque no lo dice con maldad ni para llamar la atención, lo dice porque para ella es una palabra normal que los adultos de su casa usan cuando se les cae algo o cuando hay tráfico o cuando el ordenador no funciona.
Hasta hoy lo llevaba como podía. Pero hoy en la piscina una madre se me ha acercado para decirme, con mucha educación, que su hija lleva semanas diciendo cosas que ha aprendido de la mía y que le está costando corregirlo. Me lo dijo bien, sin drama, pero me quedé con una vergüenza que todavía no se me ha ido.

Las dos niñas juegan juntas cada día en la piscina. La mía es un loro de cuatro años con muy mala influencia involuntaria y yo no sé cómo arreglarlo cuando el problema viene de casa y el problema somos nosotros.
Si alguien ha salido de esto y tiene algo que funcionara de verdad que me lo cuente porque lo de los codazos entre adultos claramente no es suficiente.