No era mi persona preferida, apenas nos hablábamos, pero no vengo a hablar de eso. Vengo a hablar de la cadena de errores que se cometieron en su última semana de vida y, de paso, de lo desprotegidos que estamos ante el sistema.
Mi madre padecía EPOC desde hacía muchísimos años. Nunca dejó de fumar. Hace alrededor de un año le diagnosticaron un posible cáncer de pulmón. Por su estado de salud, no se le pudo hacer una biopsia para confirmarlo ni darle ningún tipo de tratamiento en caso de que realmente lo fuera. El manejo sería paliativo.
Su estado de salud ya era muy precario durante los últimos años, pero en este último el deterioro fue fulminante. Ya era muy difícil cuidarla en casa (mi padre y mi hermano vivían con ella), se caía constantemente, había que llevarla a Urgencias cada poco porque se ahogaba, se negaba a comer, se tiraba de la cama (de la que, por cierto, apenas salía), y últimamente le había dado por quitarse la cánula de oxígeno (que necesitaba 18 horas al día). Hace solo unos meses por fin le reconocieron la dependencia (esto tardó más de un año). Contratamos una empresa privada para ayudarnos con ella, pero a veces ni siquiera las profesionales podían manejarla. Bueno, os podéis hacer una idea.
En las últimas dos semanas pasaron varias cosas. El jueves 7 de mayo se cayó, como tantas otras veces, pero esta vez mi padre y mi hermano tuvieron muchas dificultades para incorporarla. Aun incorporándola, solo consiguieron llevarla hasta el baño y sentarla en la taza, donde prácticamente se desplomaba. Mientras uno la sujetaba, el otro llamó al 112, donde le dijeron que eso no era una urgencia y que tenían que llevarla al centro de salud. Mi padre dijo: «si le digo que no puedo levantarla, ¿cómo la voy a llevar al médico?». En fin, no sé qué protocolo pondrían en marcha, pero al final se juntó allí la policía (¿para levantar a una persona?), la doctora de cabecera de mi madre (que estaba pasando consulta y tuvo que anular sus citas) y por fin, una ambulancia. En el 112 le preguntaron a mi padre si teníamos activado el protocolo de paliativos. Pues no; nadie nos había hablado de eso. Le dijeron que tenía que solicitarlo a la doctora de cabecera. A mi madre se la llevó la ambulancia pero le dieron el alta el mismo día.
El día 12 mi padre fue a hablar con la doctora de cabecera. Esta opinó que era muy pronto para activar los paliativos y que lo que urgía era la cuestión mental (mi madre siempre padeció problemas mentales, y en esa época estaba desorientada, paranoica, etc…). Le hizo un informe a mi padre para que la aceptaran en el hospital con urgencias psiquiátricas que hay aquí. Los atendió alguien que no era psiquiatra. Le hicieron unos análisis. Dijeron que tenía una infección de orina y que eso podía exacerbar toda la parte mental. Le recetaron unos antibióticos y para casa. «Oiga, pero es que no deja de caerse, se quita el oxígeno…». «Nada, nada, los antibióticos y como nueva» (bueno, lo de «como nueva» no lo dijo, es sarcasmo). La mandan en casa en ambulancia (por lo menos no hubo que llevarla en taxi…). Llega la ambulancia, y cuando van a sacar la camilla, el profesional (no sé cómo se llama la profesión del conductor de ambulancias) se da cuenta de que la mujer llegaba solo con la bata del hospital, desnuda, y con la vía puesta. Él mismo lo flipa. Mi padre y mi hermano, también. El profesional llama a algún sitio, le dicen que la familia vaya a por la ropa mañana y que también llame al 112 para que venga alguien a quitarle la vía. El conductor de la ambulancia, antes de marchar, insiste en que si les dicen de quitársela ellos mismos, se nieguen.
Mi hermano llama al 112. La telefonista dice que eso no es una emergencia y que les va a indicar telefónicamente cómo quitarle la vía. Mi padre se cabrea, le quita el teléfono a mi hermano y, con todo el cabreo pero también con toda la educación, consigue que le envíen a alguien para quitarle la vía.
La noche del viernes 15 al sábado 16, mi padre se despierta con un golpe fuerte. Ya está acostumbrado, sabe que mi madre se ha levantado desorientada y se ha vuelto a caer. Esta vez se ha golpeado la cabeza contra una mesa y tiene una herida encima del ojo. Llaman al 112 y, esta vez sin protestar, envían a alguien. Le dan unos puntos y mi padre pide que se la lleven, pero le contestan que esto no es cosa de urgencias, que lo que necesita es una residencia. Cierto, pero para una residencia hace falta tener dinero. Mucho dinero. También para las públicas, sí, porque en otras comunidades no sé, pero aquí, cuando nos informamos (hace año y medio, cuando la cosa aún no estaba tan mal), nos dijeron que te cobran un porcentaje de la pensión, pero no es que sea eso lo que cuesta la residencia, no, sino que si la residencia por ejemplo cuesta 2000 euros y tu pensión es de 1000, te cobran por ejemplo el 70% de tu pensión (en este caso 700 euros), pero que el resto genera deuda (o sea, una deuda de 1300 euros mensuales), que cuando te mueras pasa a tus herederos.
Y encima, como mi madre no cobraba ninguna pensión, ese 70% salía de la pensión de mi padre, y cuando mi madre muriese, tendría una deuda de vete a saber cuántos mil euros. Y para entonces, la muerte de mi madre todavía no se presumía cercana. Podía haber estado en la residencia 10 años y mi padre hubiera acabado arruinado.
La noche del 16 al 17 mi padre y mi hermano vuelven a despertarse por un golpe fuerte; mi madre se había caído otra vez. La levantaron, le dieron un vaso de agua y la llevaron de nuevo a la cama para no volver a llamar de nuevo al 112, ya que la noche anterior les habían dicho que esta no era su competencia. Al día siguiente, cuando fueron a despertarla, ya no respiraba.
Entiendo que el sistema pudiera tener cierto «hartazgo» con la situación, porque mi padre y mi hermano se veían obligados a llamar muchísimas veces al 112, o, cuando era factible, la llevaban ellos mismos a urgencias. Y cuando digo muchas, digo muchísimas veces. Un dispendio de recursos, sin duda. Esto no voy a entrar a valorarlo. Pero sí creo que el sistema abandonó a mi padre y a mi hermano (como cuidadores principales), pasándose la bola de unos a otros y sin dar soluciones efectivas y factibles, sin apoyar, sin arropar, incluso con ciertos malos modos. Y, en la última semana, creo que también abandonaron a mi madre. Y por mucho que no fuera mi persona favorita, creo que nadie debería morir tan indignamente.
