Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
Mi madre no me ha querido nunca.
Bueno, para ser justos mi madre no ha querido nunca a nadie.
Parto de la base racional, ahora a mis cuarenta y muchos, de que mi madre se crió en un internado de monjas franquista cuando le retiraron la tutela a mi abuela.
Lo poco que ha compartido conmigo de esos años es de película de miedo, una pesadilla.
Salió de allí en cuanto pudo y dos Doritos después conoció a mi padre y me parió.
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Uno no es consciente de que está viviendo una infancia anómala.
Yo de niña vivía aterrorizada.
Mi sensación todo el tiempo que viví bajo su techo era de entrar en una playa llena de medusas, sabes que en cualquier momento va a llegar el picotazo.
Hagas lo que hagas, digas lo que digas y aunque no hagas ni digas nada.
Represalias solo por el hecho de existir.
Su castigo favorito era la ley del hielo.
Daba igual que sacara unas notazas en el cole, que todo nuestro entorno le dijera que era una niña increíble.
Si ella quería que yo hiciera algo de determinada manera en 50 minutos y tardaba 49 me convertía en el ser más despreciable de la tierra.
Y me castigaba porque si había tardado tan poco es porque lo había hecho mal, pero si hubiese tardado un minuto más me hubiese castigado por tardar mucho.
Yo me fui de casa a los 17 después de que me castigase con su indiferencia/ley del hielo (cero contacto) por dos meses porque había ceniza de cigarro en el pasillo (yo no fumaba, ella sí).
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A pesar de no vivir bajo su techo he vivido muchos años más bajo su yugo.
Escuchando de su boca cosas como «eres lo peor que me ha pasado», «loca tú, que por algo vas al psicólogo», «ojalá no te hubiese tenido».
Y aquí me hallo, sin tener relación con ella desde hace tiempo, porque empezó a comportarse con mi hijo de la misma forma que se comportaba conmigo y ahí la paré.
Lo que no he sido nunca capaz de hacer por mí, lo he hecho por mi pequeño sin dudar lo más mínimo.
Entiendo que su vida estaba desestructurada, pero la mía también lo ha estado, y mi hijo es la cosa más preciosa que tengo en mi vida y no permito ni que le sople el aire a contra.
Por él todo siempre.
Ella me decía: «Cuando seas madre me entenderás» y me ha pasado todo lo contrario, porque yo me cortaría la lengua antes de decirle a mi hijo algo que pudiese herirle.
Aún así, a día de hoy, con cuarenta y muchos, no puedo evitar sentirme como una muñeca rota, una persona «sin cimientos», sin calor, como un gatillo que se cría solo con lo que va pillando por la calle, incompleta, vacía.
Me duele todos los días, es mi herida abierta ¿para siempre?
