Después de una mala racha, las cosas empezaron a irme bien. Problemas familiares, tipos incorrectos, dramas con amigos… Por fin parecía que todo encajaba. Conocí al hombre de mi vida, estuvimos unos meses saliendo y nos fuimos a vivir juntos, nos animamos a casarnos y tuvimos la boda perfecta.
Me sentía en un cuento de hadas. Mi familia parecía estable, la suya me trataba como una hija y yo me pellizcaba para comprobar que no estaba soñando.
Nada es perfecto, eso lo sabía, pero las pequeñas discusiones me parecían parte del cuento. Es cierto que mi marido se enfadaba cuando le llevaba la contraria, cuando no compartía sus ideas sobre política o la vida y siempre trataba de convencerme. A veces me hacía sentir tonta por no ver las cosas como él. Pero yo no le daba importancia, al final siempre me abrazaba por las noches y me hacía feliz.
Tras unos meses de intentarlo, me quedé embarazada. La ilusión nos invadió a todos. El embarazo no fue sencillo, muchas náuseas, me mandaron reposo, tomar hierro que me sentaba fatal y se me hicieron largos los nueve meses. Pero mi marido y las dos familias me cuidaban y estaban a mi lado.
En cuanto nos dijeron que sería niña, mi marido ya sabía el nombre que yo quería. Se lo había dicho infinidad de veces. Se llamaría Celia, como aquella serie de televisión que me gustaba de pequeña sobre una traviesa niña y que después descubrí los libros y los devoré. Estaba claro el nombre de nuestra pequeña.
Alguna vez cuando nos juntábamos con su familia, su madre dejaba caer que Celia era muy bonito pero que podíamos ponerle un nombre compuesto o mejor utilizar un nombre de su familia. Repetía la ilusión que le haría que se llamara María, como ella y su madre. Yo siempre sonreía y le decía que le agradecería la sugerencia pero que el nombre lo teníamos claro. Mi marido me solía dar la mano y le decía que lo teníamos claro. Pero cuando se iban me preguntaba si podríamos llamarla María Celia, Celia María o simplemente María. Yo le repetía que siempre quise Celia y que además María era demasiado religioso para mi gusto. Parecía entenderme y dejaba el tema.
Por fin llegó el momento del parto. Igual que el embarazo fue complicado, después de muchas horas intentando un parto natural, tuvieron que hacerme un cesárea complicada y acabé ingresada en la UCI separada de mi pequeña durante unas horas, que por suerte estaba perfecta y era lo más bonito que había visto en mi vida.
Cuando ya me encontraba mejor y pudimos estar los tres juntos, el dolor parecía que había desaparecido y las molestias ya no importaban. Fue el momento más feliz de mi vida. Hasta que entró una enfermera para vigilar mi tensión y cuando se acercó le dijo a mi pequeña «Hola, María». Pensé que se había confundido y le dije que se llamaba Celia. Mi marido bajó la mirada y dijo que se llamaba María, que ya estaba inscrita así.
Supongo que serían las hormonas, el postparto, el dolor que volvió a invadirme, pero quise gritar, quise llorar, quise levantarme (aunque no podía) y salir corriendo con mi pequeña en brazos. Pero no hice nada, se me escaparon unas lágrimas y seguí mirando a mi pequeña.
A los diez minutos me estaba llamando por teléfono mi suegra para darme la enhorabuena y darme las gracias por el nombre, que estaba muy ilusionada. No entendía nada. Mi marido había puesto el nombre que había querido en contra de lo que yo quería y además ya había informado a su familia. Colgué y le pedí que me lo explicara, qué había pasado. Me dijo que le vio la cara y no tenía cara de Celia, que tenía cara de María y que no pudo evitarlo.
En aquel momento no supe qué decirle. Tenía demasiadas cosas en la cabeza, demasiados sentimientos dentro, demasiadas hormonas y mi única preocupación era recuperarme para poder cuidar a mi pequeña.
Una vez en casa empecé a buscar por internet y vi que podía impugnar el nombre y meterme en líos judiciales. Pero claro, qué pasaría con mi matrimonio si hacía eso. Se lo dije a mi marido, que quería cambiarlo y me dijo que lo dejara estar, que no era tan importante.
Lo peor es que lo dejé estar. Mi familia me decía que aunque esté inscrita como María, yo la puedo llamar Celia en su día a día y cuando sea mayor se lo explique y que ellos la llamarán como yo diga. Mis amigas cuestionan si mi marido me respeta como debería y si tengo que plantearme mi relación con él. Su familia me sigue agradeciendo el nombre y a ellos no he sido capaz de decirles la verdad.
Siento que mi cuento de hadas se ha roto. Y me siento tonta porque sé que para mucha gente es una tontería. El día a día con mi marido sigue bien, con nuestros pequeños dramas y que quizás ahora defiendo más mi opinión, le cuestiono y le llevo mucho más la contraria. Pero me sigue abrazando por las noches y nos seguimos queriendo.
Me ha preguntado si nos animamos a darle un hermanito a María y yo que siempre soñé con familia numerosa, le he dicho que no. Es una pena pero no me siento con fuerzas. Me temo que el cambio de nombre ha cambiado nuestro futuro.
