Buenas foro. De primero de todo tengo que mencionar que me encanta buscar viajes y planificarlos. Me paso horas comparando vuelos, hoteles, rutas, excursiones… es como mi pequeño hobby, mi momento zen antes de arrastrar a alguien más a la aventura. Yo disfruto viendo fotos, leyendo opiniones, buscando restaurantes que no te arruinen… en fin, me gusta tenerlo todo controlado. La mayoría de veces no hago ese viaje que estoy investigando, pero en parte siento que “ya lo hice” de tantas horas que invertí.
Con el tiempo mi marido se ha dejado ir tanto que ni sabe a dónde vamos. Solo me va haciendo los bizums que le voy pidiendo (sí, cuentas separadas). Ya no pregunta nada, ni
mira vuelos, ni hoteles, ni nada, solo se deja llevar (literalmente). Yo le envío el planning, el PDF con fotos y horarios de los sitios a los que ir, las rutas… y él asintiendo como si lo tuviese todo clarísimo, ya que su única misión es ir pagando y conducir cuando toca. A veces hasta le mando recordatorios tipo “oye, mañana cogemos el avión a las 9:00” y él en plan “ok, ok”, como si con eso ya supiera todo.
El colmo fue esta última vez. Estábamos en la cocina y me dice:
—Tengo que ir a repostar antes de irnos mañana.
¿Perdón? ¿Qué vas a repostar si nos vamos en avión? Juro que casi me atraganto con el café. Yo ahí con el PDF en la mano, explicándole de nuevo la diferencia entre coche y avión, mientras él asentía como si todo tuviera sentido.
Ha llegado al punto que todo es una sorpresa. Todo lo que él sabe es que hay que enviar dinero y aparecer en el aeropuerto, estación de tren o con el coche repostado, pero vaya que visto lo visto ya ni eso. Ni siquiera sabe a dónde vamos. Como había mencionado Salamanca un día, se pensaba que nos íbamos allí… no le hizo sospechar casi 700 € en bizums. Salamanca… dice… ¡sí nos vamos de crucero por el Mediterráneo!. ¡Crucero!
Y él tan tranquilo, con más felicidad en el cuerpo mientras revisa su móvil y preguntándome si la maleta va a ir en la bodega o en cabina.
Durante el vuelo estuvo mirando por la ventanilla y comentando cosas como si estuviera descubriendo el mundo por primera vez. “Mira, mira… el mar”, y yo riéndome, pensando en todo lo que había planificado para que él solo tuviera que aparecer y disfrutar… o al menos intentarlo.
Por suerte el pasaporte lo tenía en vigor. Imaginaros si no…Hubiera sido una historia de terror pero porque lo desvivo.
Y ya en el crucero, entre excursiones, piscinas y buffet libre, él seguía preguntando cosas como: “¿esto se paga a parte?” o “¿y después de Marsella a donde vamos?” mientras yo me reía por dentro y le pedía otro bizum pero para pagarme el psicólogo.
Al final, me río sola en el camarote mientras él se pone a buscar que noche temática toca hoy. Y yo pensando en qué suerte que hay bizums y PDFs, porque si dependiera de su iniciativa, no saldríamos de la plaza del pueblo.
Eso sí, el siguiente viaje sí será a Salamanca.
