Queridas compas de foro.
Hoy me apetece contaros algo sobre mi familia. Hace un par de años que siento una culpa grande hacia ellos, sin ser mi responsabilidad pero me reconcome por dentro. Al mismo tiempo me resisto a hacer algo para cambiar la situación porque hacerlo implicaría renunciar a mis privilegios.
Os explico la historia para que me entendáis. Quizá incluso me lea alguno de mis hermanos, lo he valorado, y aunque en un principio me dé mucho corte que se enteren así, espero que sirva para iniciar esa conversación que tenemos pendiente.
Mis padres se separaron cuando yo tenía apenas unos meses. Me crié con mi madre, con régimen de visitas con mi padre. Mi padre siempre se portó bien conmigo y con mi madre, no eludió su responsabilidad y le quiero mucho, pero yo estaba muy unida a mi madre. Era feliz viviendo con ella. Mi padre se volvió a casar al poco tiempo y con su segunda mujer tuvo a mis ocho hermanos y hermanas.
Siempre tuvimos buena relación, el divorcio de mis padres se hizo con mucho respeto y su segunda mujer siempre nos trató con cariño. Con mis hermanos también genial, con los mayores tengo mucha relación, sobre todo los dos primeros que son los más cercanos en edad. A las dos pequeñas las he tratado menos porque yo ya me fui a estudiar y me fui distanciando, pero siempre procuraba estar en las fechas señaladas y mi madre siempre les compraba regalos en sus cumpleaños a todos ellos.
Yo iba con mi padre dos fines de semana al mes y la mitad de las vacaciones, él pagaba mi pensión alimenticia sin ningún descuido hasta que yo cumplí los 18 y mi madre y yo decidimos que podíamos arreglarnos nosotras ya que su situación familiar con ocho hijos más era más difícil.
Y esa ha sido siempre la gran diferencia. Mi madre no tuvo más hijos que yo, y con su trabajo nunca nos faltó de nada. En mi casa yo tenía una habitación para mí sola donde podía estudiar en silencio, un ordenador casi sólo para mí (mamá apenas lo usaba en casa), clases de inglés y de guitarra, fui a la universidad fuera sin tener que trabajar al mismo tiempo y mi madre me pagó un máster en el extranjero. Empecé a trabajar con 24 años en un puesto modesto pero no precario gracias a mis estudios.
En casa de mi padre todo era muy diferente. Mis hermanos fueron compartiendo 2 dormitorios entre todos ellos (los pequeñitos dormían con sus padres bastantes años, y después los mayores se fueron emancipando, pero era una casa muy pequeña para tanta gente, yo tenía que dormir en el salón). El dinero tenía que estirarse para todos y no llegaba para clases particulares, materiales, excursiones, para todos ellos.
No negaré que había otra atmósfera, era todo mucho más divertido allí, había amor a raudales en esa casa, así la recuerdo en mis años de infancia. Pero tiempo después, con la llegada de mis hermanos más pequeños, fue abriéndose paso la angustia.
Algunos de mis hermanos también han ido a la universidad, pero teniendo que trabajar para pagar su matricula y alquiler, así que tardaron más tiempo que yo en sacar sus carreras. Ellos sí han sufrido lo que es un trabajo precario y tener que aparcar tus objetivos porque el dinero no llega.
Para entonces yo ya era muy consciente de mi privilegio, aunque mis hermanos más mayores jamás tuvieron un reproche para mí ni me hicieron sentir mal.
La gran diferencia llegó tras la muerte de mi madre, hace seis años. Yo he pasado mi duelo (mejor dicho, aún estoy en ello, yo estaba muy unida a mi madre y no creo que deje jamás de echarla de menos) sin ninguna preocupación económica y teniendo la vida resuelta. Heredé la casa donde me crié, la puse en alquiler y me fui a vivir a un sitio más barato. Tengo un buen trabajo y posibilidad de buscar otro si algún día dejo de estar contenta aquí. Aparte de la tristeza de no tener a mi madre, no tengo presión de saber qué será de mi vida.
Una de mis hermanas me hizo ver este aspecto, con muy poco tacto por su parte, a los seis meses de morir mi madre. Me recalcó que yo lo tenía todo mientras que ellos tenían que repartirse entre 9 («porque hay que contarte a ti», me insistió) un piso de tres habitaciones en el extrarradio al tiempo que hacían malabares con sus sueldos precarios.
Y bueno, me siento culpable, creo que siempre me sentí así pero más después de que me lo dijera mi hermana.
La gran contradicción que decía al principio del texto es que no estoy dispuesta a responsabilizarme del porvenir de mis hermanos. Me han pedido ayuda económica en algunas ocasiones y siempre dejan traslucir que a mí me ha ido así de bien por ser hija única. Como si mi suerte fuese consecuencia de su desgracia.
Sé que una forma de corregir está desigualdad sería renunciar a mi parte de la herencia de nuestro padre llegado el momento.
Pero siendo sincera, no quiero hacer eso. No es mi responsabilidad que decidieran tener ocho hijos en lugar de dos o tres.
Nunca he hablado esto con mi padre porque me da un poco de vértigo.
