Menuda cara tienen mis hermanas. Ya me avisó mi marido cuando me dijeron hace un año que se iban a vivir a otra ciudad. Primero me lo soltó la pequeña y poco después la mediana, en menos de un mes las dos habían decidido mudarse a cientos de kilómetros de nuestra localidad. Mi marido, que es muy mal pensado, me dijo que eso era porque mis padres habían tenido un bajón y veían el percal que se les venía encima en cuestión de tiempo.
Yo me enfadé con él por pensar mal de ellas y justifiqué sus decisiones con el hecho de que eran jóvenes y querían probar suerte en ciudades más grandes y con más oportunidades. Él se rio de mí y me llamó inocente y, al final, creo que tenía razón. Hace unas semanas ingresaron a mi padre y apenas llamaron cuatro o cinco veces, ni siquiera cogieron un tren para venir a verle. A mí me tocó dormir en el hospital y cuidar de ambos.
Creo que esto es solo el principio, vendrán más problemas y yo no puedo cargarme sola con todo porque también tengo que atender a mis hijos.
Creo que voy a hacer una videollamada con ellas y a plantearles que entre todas paguemos a alguien que les eche una mano, pero me imagino que no estarán por la labor.
