Hace un mes cambié de curro. Antes trabajaba de lo mío pero me ofrecieron otro trabajo mejor pagado, más cerca de la guarde de mis hijas y encima me ahorro el pastón en gasolina. ¿Dónde? En un almacén. Y sí lo cogí. Porque me salen los números y porque mi paz mental también cuenta.
Pues bien, ni una palabra a mis suegros. Le pedí a mi pareja que no dijera nada porque ya los conozco: opinan de todo, meten las narices hasta en el váter y encima con tono de te lo digo por tu bien. Hoy vienen a casa con risitas y me sueltan: ¿Qué tal en el almacén? con ese tonito de superioridad como si fuera una desgracia currar ahí. Y lo peor: sueltan el sueldo exacto que cobro. Con céntimos. CON PUTOS CÉNTIMOS.
Voy y le digo a mi pareja: ¿Se lo has dicho tú? Me jura que no.
Estoy agotada. Me vigilan, me juzgan, me buscan en internet. Saben cosas que ni yo recuerdo haber contado. Y cuando digo que quiero poner distancia mi pareja pone cara de te entiendo pero luego me presiona para verles y yo ya no puedo más.
