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Las redes sociales han hecho mucho daño.
Cada vez que abro Instagram (no tengo Tik-tok, no soy tan joven), veo las vacaciones perfectas de las personas de mi entorno, o de las personas que sigo.
Todo el mundo está en festivales de música alternativa, rock o su cantante favorito. También en campings con vistas impresionantes, hoteles de lujo o, mis favoritos, en islas del sudeste asiático.
¿Es que todo el mundo se ha puesto de acuerdo para ir a Tailandia o Bali? ¿Hay una lista de festivales de obligatoria asistencia que yo no conozco? Porque yo no he hecho nada de eso, me he quedado en el sofá de mi casa.
La cuestión es que las redes me han hecho sentir culpable. Me han hecho pensar que estoy desaprovechando mis vacaciones, que aquí no me lo voy a pasar bien y que debería haber planificado con antelación un mega-viaje que le diera sentido a todos los meses que he estado trabajando. De hecho, casi cojo un chollo exprés que encontré, no porque me apeteciera, sino motivada por ese sentimiento.
Una parte de mí, quería ese carrusel de fotos de lugares perfectos, comida local y monumentos importantes que podría compartir con mis seguidores, demostrando que yo también estaba «viviendo mi mejor vida.»
Sin embargo, otra parte, más sensata, decidió quedarse en casa y disfrutar de unas vacaciones tranquilas y, sorprendentemente, igual de satisfactorias. Y es que, aunque en redes sociales parece que la única forma válida de disfrutar es yendo de un festival a otro o viajando a países exóticos, la realidad es que las vacaciones en casa pueden ser igual de divertidas y tienen su propio encanto.
Primero, hablemos de la comodidad. No tener que hacer la maleta, es una fantasía. Si además tampoco tienes que preocuparte por llegar tarde al aeropuerto, ni sufrir el jet-lag es un lujo.
En casa, me despierto cuando quiero, sin la necesidad de madrugar para aprovechar el desayuno del hotel o evitar a la gente en los puntos turísticos. Puedo disfrutar de mi propio espacio, de mi cama, de mi cocina. Con mis rutinas y descanso a conveniencia, sin tener que seguir un itinerario.
Además, quedarme en casa me ha permitido reconectar con hobbies que había dejado de lado por el día a día ¿Cuántas veces hemos pospuesto leer un libro o ver una serie? Pues con tus vacaciones en casa, tienes tiempo.
También, he podido disfrutar de mi ciudad desde una perspectiva diferente. Sin la presión de estar en un lugar lejano y sentir que debo aprovechar cada segundo, he salido a caminar por mi barrio, he visitado museos locales que siempre había pasado por alto, y he probado nuevos restaurantes. Es curioso cómo, al estar de vacaciones en casa, te das cuenta de todas las cosas interesantes que siempre estuvieron ahí pero que, por la rutina y la prisa, nunca les prestaste atención. Básicamente he sido turista en mi propia ciudad, y me ha encantado.
Algo maravilloso también, ha sido el ahorro. Los viajes y festivales, aunque son experiencias que molan, cuestan bastante dinero. Transporte, alojamiento, comidas, entradas… todo suma, y a veces, después de unas vacaciones así, uno vuelve más estresado por el dinero que he gastado que relajado por la experiencia.
Las redes nos han hecho creer que la única forma de disfrutar y de validar nuestras vacaciones es dando envidia en los demás. Sin embargo, al final del día, lo más importante es cómo nos sentimos nosotros mismos. No necesitamos viajar al otro lado del mundo para recargar energías. A veces, el verdadero lujo está en la sencillez, en la tranquilidad de no hacer nada, en disfrutar de lo que ya tenemos y en dormir ocho horas por la noche y luego echarte una siesta de dos horas más.
Así que, la próxima vez que sientas esa presión de las redes para ir de viaje y tener algo instagrameable, recuerda que puedes quedarte en tu casa. Porque al final, lo que realmente importa no es el lugar donde estás, sino cómo te sientes. Y este verano, en el sofá de mi casa, me he sentido más relajada, feliz y satisfecha que nunca.
