Lo digo tal cual porque ya ni me escondo: no puedo hacer nada en silencio. Nada. Ni fregar un plato, ni ducharme, ni bajar a tirar la basura. Si no tengo música puesta o un podcast de fondo, me bloqueo. Me aburro. Me entra una pereza absurda.
Y no, no exagero. Si se me olvidan los auriculares y ya estoy fuera de casa, me planteo seriamente volver a por ellos. Si se quedan sin batería, me enfado. Nivel enfado real. Y ahí es cuando pienso: vale, igual esto no es tan normal.
Pero al mismo tiempo… es que me funciona. Muchísimo.
Antes, limpiar era un castigo. Ahora me pongo un podcast y, cuando me doy cuenta, he limpiado toda la casa. Sin sufrir. Sin pensarlo.
Lo mismo con trabajar, con cocinar, con doblar ropa. Es como si mi cerebro necesitara estar entretenido para dejarme hacer cosas. Si no, empieza a sabotearme.
En silencio mi mente va a mil. Empiezo una tarea y a los dos minutos estoy pensando en otra cosa, luego miro el móvil, luego me siento, luego me levanto. Un caos. Con algo de fondo, me concentro más. Aunque esté de fondo. Paradójico, pero real.
Y aun así, me siento un poco culpable. Porque siempre hay alguien que te suelta el discurso de “eso es dependencia”, “no sabéis aburriros”, “antes no hacía falta”. Vale, antes tampoco había WhatsApp, ni correos, ni mil estímulos constantes. El contexto ha cambiado, digo yo.
Lo que sí me hace pensar es que el silencio me incomoda. No me relaja. No me da paz. Me pone nerviosa. Como si tuviera que oír mis pensamientos y no quisiera. Y eso ya no sé si me gusta tanto.
¿Estoy tapando algo con ruido? Puede ser.
¿Estoy evitando pensar demasiado? Probablemente.
¿Pero es eso necesariamente malo si así funciono mejor en mi día a día? Yo creo que no.
Porque seamos honestos: nadie cuestiona el café por la mañana, el móvil como despertador o las listas de tareas para no olvidar las cosas. Todo son ayudas externas. Pero por alguna razón, si necesitas música para vivir, parece que estás roto por dentro.
Yo no escucho siempre lo mismo. Para trabajar, música sin letra. Para tareas aburridas, podcasts largos. A veces ni presto atención a lo que dicen, solo necesito una voz ahí. Y sí, soy consciente de que eso suena un poco triste, pero también muy real.
También me pongo series de Netflix de fondo, como Aquí no Hay Quien Viva o alguna que ya haya visto mil veces. Voy siguiendo los diálogos y si no la miro tampoco pasa nada.
Lo que no quiero es convertirme en alguien incapaz de estar cinco minutos en silencio. No quiero que el silencio me dé ansiedad. Pero tampoco quiero obligarme a hacer las cosas como se supone que deberían hacerse si así no rindo ni disfruto.
Así que lo lanzo aquí para ver si soy la única loca o no:
¿Esto es una adicción moderna?
¿O simplemente hemos encontrado una forma más llevadera de hacer lo pesado?
¿Deberíamos preocuparnos o dejar de culpabilizarnos por algo que nos ayuda?
Yo, de momento, sigo con mis auriculares puestos. Pero no voy a negar que a veces me pregunto si me ayudan… o si ya no sé vivir sin ellos.
