Recuerdo cuando me enteré que estaba embarazada por primera vez. Me hice tres pruebas de embarazo, una detrás de otra, porque no creía que fuese cierto.
También recuerdo que mi perro me acompañaba en ese momento, fue el primero en enterarse 😄 Luego fui corriendo a El Corte Inglés para comprar alguna prenda de bebé y así darle una sorpresa a mi esposo en el trabajo.
Mis partos fueron increíblemente hermosos, una experiencia inolvidable de la que no tengo ninguna queja. Tal vez por esa razón estoy aquí escribiendo esto, embarazada de 34 semanas de mi tercer hijo. Fui consentida, respetada y estuve acompañada en todo momento por una de las personas más importantes de esta historia.
Pero quiero hablarles de lo que viene después. De cuando te levantas de la cama y te vas a duchar después del parto. Te duele todo, pero es un dolor generalizado. Como dicen por ahí, te duelen hasta las pestañas.
Y llega el momento de mirarte al espejo, porque no puedes evitarlo para siempre. Y ya no está tu barriga preciosa de embarazada, en su lugar está algo así como un globo desinflado. Que sí, que todo vuelve a su lugar pero en ese momento yo no lo sabía. Y entonces cierras los ojos porque ahora eso no es lo importante.

Creo que esa es una de las primeras señales de lo que es ser madre. No importa el dolor, no importa tu imagen, solo importa la personita que te espera fuera, porque tú eres su mundo. Y para ellos, para mis pequeños e incontrolables terremotos, siempre fui perfecta, desde el momento que los pusieron sobre mi pecho.
Así que te vuelves a mirar al espejo y te das cuenta de que ya no eres la misma y nunca volverás a serlo. Porque no puedes, porque no quieres, porque tu cuerpo ha sido habitado por otro ser humano, porque has vivido nueve meses con dos corazones.
En ese momento, al mirar mi reflejo después de tener a mi primer hijo, recordé una frase que había leído durante mi embarazo, una frase que también me repetí cuando nació mi hija y que tendré presente después de conocer a mi pequeño Max, mi tercer bebé:
“Cómo puedes decir algo malo sobre tu cuerpo, cuando has sentido el baile de la vida dentro de tu vientre”.