Me acabo de jubilar. No puedo estar más feliz. Llevaba deseándolo desde hace muchos años. Mi trabajo me gustaba, pero ya estaba más que harta de vivir para otros, quería empezar a vivir para mí (con 65 años…) así que en el momento en que en mi empresa se habló de la posibilidad de prejubilaciones yo me apunté corriendo. Al final he ganado dos años. Para mí es un mundo.
Tengo una hija, que ya vive con su pareja, así que ya no me supone trabajo. Mi marido todavía no tiene demasiados achaques, de manera que tampoco. La única que me da muchísimo trabajo es mi madre. Mi madre, que tiene 96 años y que además, no vive en la misma ciudad que yo, vive a 500 kilómetros. Un paseíto. Tengo otros dos hermanos, pero como si no los tuviera: uno directamente no se habla con la familia y el otro, viviendo en el mismo portal que mi madre, la saca a pasear los domingos un ratito y se queda tan ancho. Cuando tengo vacaciones me voy a la casa que tenemos en su pueblo y me la llevo, paso con ella todo el tiempo que puedo, pero claro, no son los 365 días del año. Ella necesita alguien que esté con ella todo el tiempo, así que tenemos contratada a una persona interna.
La cuestión es que, cuando le comenté que me iban a prejubilar me dijo
_ «Ay, qué bien, hija, ahora te puedes venir al pueblo conmigo».
_ «Claro, mamá, ahora tendré más flexibilidad para ir más a menudo y quedarme más tiempo contigo.»
_ «Ah, ¿que no te vas a venir a vivir aquí?»
Me quedé pillada, no me esperaba esa pregunta. Se hizo un silencio incómodo al otro lado y mi madre me colgó.
Como soy la única hija mujer, mis dos hermanos son varones, sí que se había comentado en muchas ocasiones que yo tendría que cuidarla. Pero yo siempre había dicho que no, que yo vivía en otra ciudad, que tenía dos hermanos y que por supuesto la iba a cuidar, pero no todos los días del año me iba a ir allí a vivir, yo en mi ciudad tengo mi hija, mis amigas y mi vida. Pensé que esto había quedado claro a lo largo de los años. Pero se ve que no.
Dejé pasar un rato y volví a llamar a mi madre. No me lo cogió. Al día siguiente probé y sí me contestó, estaba más borde de lo habitual, pero hizo como si nada. Al poco tiempo bajé a verla y ufff, un témpano de hielo. Me hablaba con monosílabos, con cara de enfado todo el tiempo. Estaba claro que no le había sentado bien.
Por fin llegó mi jubilación y para celebrarlo nos fuimos a la casa del pueblo unas semanas. Mi marido, mi hija, su pareja, mi madre y yo. Parecía que se le había pasado y que volvía a estar como siempre, así que disfrutamos mucho de esos días. Hasta que, comiendo una tarde me dice:
_ «Pues hija, he pensado que como tú no vas a cumplir con tu obligación yo tampoco voy a cumplir con la mía. Si no me cuidas te voy a sacar de la herencia.»
Así, tal cual. Podréis decir que hombre, con 63 años no vas a estar esperando una herencia, que ya tendré yo mis propias habichuelas resueltas. Y sí, efectivamente, si no fuera por la casa del pueblo que está a nombre de mi madre, pero en la que yo llevo metiendo dinero y más dinero desde hace 30 años. Se han hecho muchísimas reformas porque desde entonces se había consensuado que esa casa iba a ser para mí y las otras propiedades de mis padres serían para mis otros hermanos.
Así que, ahora me veo en una disyuntiva: dejar mi vida tal como la conozco y quiero que sea para irme 365 días a cuidar a mi madre día y noche o perder la casa de mis sueños en la que mi marido y yo hemos invertido todos nuestros ahorros.
Creo que mi madre no quiere entenderme, yo no la voy a abandonar, pero por el hecho de ser mujer ella se había pensado que iba a ser su sombra y su esclava. Pero se olvida de que yo he hecho mi propia vida. En fin, necesitaba desahogarme, pero no veo mucha solución a este problema.
