Reproducimos testimonio de seguidora
Si echo la vista atrás, me doy cuenta de que llevo casi 20 años conviviendo con este pensamiento intrusivo que no me deja vivir en paz, ni ser libre, ni disfrutar plenamente de mi sexualidad. Tengo 35 años y todo comenzó en torno a mis 18, con mi primer novio y de la manera más absurda.
Manteníamos relaciones sexuales con preservativo, pero, cosas propias de la edad, nos rozábamos sin él nuestras zonas íntimas y practicábamos sexo oral.
Un día, enfermé. Acudí al médico y tras una serie de análisis, me diagnosticaron mononucleosis, una enfermedad común que, salvo casos graves, no da lugar a grandes complicaciones (aunque sí puede ser bastante fastidiosa). Por pura curiosidad, me dispuse a buscar información sobre ella en Google. Resultó que algunas páginas web la relacionaban con el V.I.H (como se puede relacionar prácticamente cualquier otra enfermedad, dado que el V.I.H ataca al sistema inmunológico y nos hace ser vulnerables a contraer otro tipo de infecciones). A raíz de aquello, comencé mi incesante búsqueda de información sobre el V.I.H, su sintomatología y sus formas de transmisión. Entonces comenzó mi odisea: empecé a somatizar y a sentir todos sus síntomas. Lo que más me preocupaba era que todas las fuentes de información aseguraban que una persona podía pasar hasta diez años sin ser consciente de estar contagiada y sin notar una sintomatología relevante, lo cual facilitaba ampliamente su transmisión. Mis parejas sexuales no tenían que mentirme o engañarme sobre su estado, simplemente podían desconocerlo y contagiarme por pura ignorancia. Esta posibilidad me inquietaba.
Me palpaba a diario en busca de ganglios inflamados, sacaba la lengua todos los días en el espejo para observar si aparecían hongos en ella (y, en mi cabeza, cada día me la veía más blanca). Increpaba a mi pareja y le interrogaba sobre sus relaciones anteriores. Él se ponía a la defensiva y me decía –con razón- que estaba loca, pero aun así accedió a hacerse las pruebas. Estuve días sin dormir hasta que recogimos nuestros análisis. Cuando llegaron los resultados negativos, fue un alivio, pero enseguida mi obsesión y mi compulsión me llevaron a continuar buscando información. A veces, nuestro cerebro se empeña en boicotearnos. Según leí, cabía una posibilidad remota de que la prueba no fuese concluyente, existían casos en los que un resultado positivo no se materializaba hasta 10 meses o un año (por aquel entonces). Comenté con mi pareja mis miedos y él acabó estallando, harto de mi absurda obsesión. Transcurrido un tiempo, repetimos el test, con idéntico resultado: negativo.
Mi relación con esta persona terminó, pero mi obsesión, no. A veces es más intensa, a veces se diluye. He perdido la cuenta de las veces que me he preocupado de forma desmedida e irracional por la posibilidad de contraer esta enfermedad, con diferentes hombres y a lo largo de los años. Normalmente me cuido con preservativo, pero mi cerebro siempre encuentra “excusas” para preocuparse. Que si este chico ha tenido una vida sexual promiscua (seguro que tiene el virus), que si este otro me ha contado que pasó veinte días resfriado (seguro que tiene el virus), que si a este último le salió fuera de los parámetros establecidos no sé qué valor en la analítica (seguro que tiene el virus).
Desde hace años me da pánico hacerme una simple analítica convencional, por si me salen las defensas bajas y confirmo mis peores temores. No hago más que procrastinar y alargar el momento.
No consigo disfrutar plenamente del sexo, no me quito estos pensamientos intrusivos de la cabeza. A veces estoy más relajada, tengo temporadas en las que no pienso en ello, pero al final siempre vuelven. Me da miedo contraer cualquier I.T.S pero mi obsesión con el V.I.H es superior al resto. No sé exactamente de donde me viene este temor, aunque creo que lo asocio con el rechazo social. El V.I.H ya no es una enfermedad mortal, las personas que tienen el virus pueden permanecer indetectables y, con medicación, su esperanza de vida es muy similar a la del resto de la población. Entonces, ¿por qué no me aterra y no me obsesiono con, por ejemplo, el cáncer? Cuando me hago estas preguntas, confirmo mi análisis: creo que más que miedo a morir y a enfermar se trata de miedo al repudio social. El V.I.H sigue siendo una enfermedad que genera un fuerte estigma social; sigue existiendo gente que no quiere ni siquiera compartir una comida con personas seropositivas. Creo que ese es mi mayor temor, la discriminación, la soledad, la culpa por ser una enfermedad de las de “tú te lo has buscado”. Sé que debería buscar ayuda pero no tengo capacidad económica para hacerlo y la seguridad social solo me ofrece pastillas, no terapia. No sé cómo quitarme esta obsesión de la cabeza que me persigue a lo largo de los años y no me deja disfrutar del sexo.