Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
Empecé a fumar a los 15 años y desde entonces no he parado. Cada nochevieja brindo y digo año nuevo y vida nueva, y que intentaré dejar de fumar pero no. Cuando no fumo me pongo nerviosa. Fui al médico de cabecera que una amiga me dijo que había unas pastillas para dejar de fumar, pero me hicieron un análisis de sangre y digamos que no soy apta.
Desde hace años trabajaba en una empresa que tenía un espacio de fumadores en el exterior y podía salir a fumar cuando quería siempre que cumpliera con mi trabajo. Pero la empresa quebró y acabamos todos en la calle.
Después de casi 1 año de entrevistas sin parar por fin he conseguido trabajo. Y cualquier persona se alegría porque tener trabajo hoy en día es difícil. Yo estaba contentísima cuando me dijeron que la seleccionada era yo.
El problema es que es una empresa que vende a España y exporta a otros países productos de higiene dental. El tabaco ensucia los dientes y los amarillea y noto las miradas de mis compañeros así que intentaré hacerme un blanqueamiento porque como mi jefe dice: vosotros sois la imagen de la empresa. Una empresa buena en cuanto al trato entre compañeros y sueldo pero además todos son tipo fitness, sonrisas de revista, la mayoría veganos o vegetarianos… y nadie fuma porque aquí esto es pecado.
Cada día me despierto repitiendo “soy fuerte” “yo puedo”. Pero a la tercera hora estoy cardíaca. Compré chicles de nicotina y no tienen efecto en mí. ¿Doy prioridad a un trabajo o a la ansiedad que me suponen 8 horas de trabajo seguidas?
