reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
Hace unos días, mi hijo de ocho años, mientras íbamos en el coche, de vuelta del cole, empezó a leer en voz alta una lista de nombres.
Al principio, no le presté mucha atención, porque en el trayecto, muchas veces, juega a hacer de profesor, o como si estuviera en el despacho en un trabajo, imitando a su padre, o simplemente le gusta hacer listas y decirlas en voz alta.
Pero esta vez, me empezó a chirriar más porque me pareció oír palabras demasiado complejas para su edad. Y puse la oreja.
Nombraba a sus compañeros. Uno por uno. Con nombres y apellidos. Y después de cada nombre decía cualidades de cada uno, tanto positivas como negativas.
Os pongo un par de ejemplos:
Perico de los Palotes. Es respetuoso con sus compañeros y profesores, pero necesita mejorar su concentración durante las explicaciones.
Marianico el Corto. Demuestra gran entusiasmo y curiosidad por aprender nuevos temas. Se recomienda trabajar en la gestión de la frustración cuando algo no le sale bien.
Aquí mis alarmas saltaron, como podéis comprender.
Cariño, ¿qué es eso que estás diciendo? ¿Te lo estás inventando? No, lo estoy leyendo de este papel. ¿Y de dónde has sacado ese papel? Me lo ha dado la Tamara (Tamara es su señorita). ¿La señu te ha dado ese papel?
Y entonces me explicó que en clase tienen una bandeja de papeles para reciclar, que pueden coger los alumnos cada vez que quieran hacer un dibujo o practicar a escribir cuando tienen un rato libre. Le pregunté si estaba seguro de que ese papel estaba en esa bandeja y no en otra que estuviese cerca, que igual se podía haber equivocado. Y me dijo que no, que estaba en esa bandeja.
Yo le dije que quiñas a la señu se la había caído ahí, pero que, seguro que eso no era un papel para reciclar, porque hablaba de sus compañeros. Me ofrecí a cogérselo yo y devolvérselo a la profe al día siguiente, pero él se negó. Y me dijo que ya se lo daría él personalmente.
La verdad, que quisiese devolverlo él y que no dejase que fuese yo, me mosqueó un poco. Y empecé a dudar. A ver si el niño, por hacer una travesura inocente ha estado revolviendo en los papeles de la mesa de la profe.
Pero a ver, que la profe tuviese tan a mano ese papel con las valoraciones de los alumnos y que no se haya dado cuenta de que se lo han cogido, me parece un poco grave, la verdad. Así que la cuestión era: mi hijo portándose mal frente a una profe descuidada.
Como no sabía muy bien cómo afrontar el tema, por la noche le escribí un email a la profe explicándole que mi hijo, si me hacía caso, le iba a devolver al día siguiente un papel con las valoraciones de los alumnos, y le conté la explicación que me había dado el niño. Que creía que era grave y me disculpaba por adelantado si el caso era que mi hijo había hurgado en sus papeles. Pero que era de la opinión de que este tipo de informes no debería tenerlos tan al alcance.
Intenté pedir disculpas por la supuesta travesura de mi hijo, pero también quise hacerle ver de manera “polite” que también era un poco culpa de ella.
Al día siguiente, a media mañana, recibí respuesta de la profesora. Me confirmó que mi hijo le había dado el papel nada más entrar en clase (menos mal), pero le quitaba hierro al asunto porque no había pasado nada grave. Y que seguramente se le había caído a la señora de la limpieza mientras limpiaba y lo había puesto en la bandeja que no tocaba. Toma ya, quitándose las culpas y echándoselas a otra persona que no se puede defender.
Más rara me pareció la explicación de la señorita que la de mi hijo. Así que me quedado con la duda: ¿aquí quién miente, mi hijo o la profesora?
