Me presento: tengo 35 años, he vivido siempre en una gran ciudad, no tengo pueblo ni nada rural cerca; buena estudiante desde siempre, estudié una carrera de ciencias porque me apasionan las matemáticas, no me gusta el fútbol ni la ropa, me encantan los coches y los videojuegos, me gusta el maquillaje y odio los cotilleos y la prensa rosa.
Es decir, soy una persona normal con gustos normales. Es cierto que en la carrera de ciencias había muchos más chicos que chicas y que parece que seguimos siendo minoría en ese mundo.
Mis padres me educaron transmitiéndome que no era ni mejor ni peor que un hombre y que podía hacer lo mismo que ellos. Eran conscientes de que seguía siendo necesario luchar y me animaron siempre a ser combativa.
Durante mi juventud me gustaban los grandes gestos, las manifestaciones importantes, recoger firmas, defender ideas, luchar en voz alta. Pero también fui entendiendo que las pequeñas peleas eran igual o más importantes: cambiar a la sociedad desde lo rutinario, desde el machismo que tenemos asumido, de lo que parecen tonterías pero son el comienzo del problema.
Lo primero, intentar acabar con que el hombre tiene que pagar en la primera cita por ser el hombre. Después, dejar de ver el problema en que ella sea más alta que él. Y siguiendo por quitar roles asumidos a cada género, como los cuidados asociados a la mujer y la tecnología asociada al hombre.
Mi marido, con el que llevo más de diez años, sabe perfectamente cómo soy. Comparte mis ideas (si no, no podríamos estar juntos), pero no es tan luchador como yo y se muestra siempre más calmado. También entiende que la sociedad irá avanzando y a veces me anima a guardar fuerzas, porque es una lucha a largo plazo.
Estoy embarazada de nuestro primer hijo y estamos muy ilusionados: darle nuestro amor a una personita y enseñarle lo bueno de este mundo. También nos preocupa lo malo y que no todo es fácil siempre.
La decisión del nombre fue rápida. Mi marido siempre había dicho que si tenía un hijo quería llamarle como uno de sus abuelos, que prácticamente le había criado. A mí me pareció precioso y no tuvimos que discutir nada.
El problema llega con los apellidos. El mío es de origen inglés (la familia de mi madre procede de Inglaterra), es original y bonito (y se escribe como se lee, no es complicado). El de mi marido es García. Así que supuse que tampoco habría discusión.
De primeras fue así; mi marido parecía conforme y listo. Pero ha ido hablando con su familia y sus amigos y ahora duda. Sus padres están diciendo que es una falta de respeto hacia ellos, que le han dado un apellido y él debe conservarlo. Sus amigos, a los que nunca gusté, ya han dicho que si empieza así la paternidad se puede olvidar de que yo escuche su opinión y será todo lo que yo diga.
Y yo estoy alucinando con esta sociedad. Parece que hemos avanzado, pero retrocedemos cada día. Conozco a mi marido y sus debates internos y sé que, por mucho que recibiera una educación machista, al final saldrá su cordura y me dirá que pongamos el apellido original primero.
Lo malo es pensar en el mundo al que traigo a mi pequeño, en que luchas que parecían superadas no lo están. Y tengo ganas de seguir peleando más. Al final contestaré un día a mis suegros, otro a los amigos de mi marido y empezaré a dejar claro que estos pequeños gestos son el germen del machismo y, hasta que no acabemos con ellos, todo será más complicado.
