Soy una mujer adulta y estoy segura que más de uno dirá que es inmaduro, pero quiero una fiesta de cumpleaños con globos, serpentinas y ganchitos. Quiero entrar en un sitio y que esté decorado con mis colores favoritos y que griten «sorpresa».

No, no lo quiero yo. Lo quiere aquella niña que ni siquiera tenía a sus abuelos porque estaban en el pueblo. Aquella niña cuya única invitada era la amiga de su hermana. Aquella adolescente que no recibía un solo sms de felicitación. Aquella joven que entró a los 18 trabajando 10h en un supermercado, llegó a casa y no había ni una vela esperando. Lo quiere la adulta que cumplió 30 años y nadie volvió a esforzarse un poco por ella. Y lo quiere mi yo actual, que ha hecho 35 y comió sola porque porque, por puro egoísmo de su hermana, ni si quiera lo ha celebrado con una simple comida en familia en su restaurante favorito. Comida que además hubiera pagado yo.
Solo quería desahogarme.