Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
Siempre he sido una persona muy familiar, me encanta pasar tiempo y poder disfrutar de ellos cada vez que tengo ocasión. Soy consciente de que muchas personas no comprenden o no mantienen este tipo de relación con sus familias y me parece algo totalmente lícito y respetable, pero cuando conocí a Jose, mi chico, sentí un alivio tremendo al comprobar que la relación que mantenía con sus padres y el resto de sus seres queridos era muy similar a la mía. He de decir que, por suerte, desde el principio de nuestra relación todos me hicieron sentir muy aceptada y querida, abriéndome las puertas de su casa como a una más, cosa que agradecí muchísimo.
Pasado un tiempo y en plenas vacaciones de verano, sus primos por parte de madre vinieron al pueblo a visitar al resto de la familia. Jose siempre me había hablado genial de todo el mundo, pero con su primo mayor en concreto tenía un vínculo muy especial y cada vez que hablaba de él se le llenaba la boca, le tenía en un altar. Era más mayor y le admiraba mucho; cuando mi chico lo dejó con su ex lo pasó realmente mal y su primo fue un pilar fundamental en su recuperación a pesar de vivir a más de 900km de distancia. En aquella época, se llamaban a diario y cuando alguno de los dos tenía ocasión, viajaba para ver al otro y salían juntos por ahí. Hacía meses que no se veían, así que en cuanto llegó al pueblo, a mi chico le faltó tiempo para ir en su busca y presentármelo, por fin.
Me cayó bien en el acto, era un tío muy dicharachero y divertido, me trataba como si fuéramos amigos de toda la vida, me gastaba bromas y se interesaba por conocerme mejor. Mi chico estaba que no cabía en sí de la alegría al ver cómo dos de las personas más importantes para él habían congeniado tan bien en tan poco tiempo. Durante los siguientes días, yo intenté darles su espacio a fin de que pudieran quedar ellos solos y se sintieran más cómodos y con mayor libertad a la hora de hablar de sus cosas o hacer lo que les apeteciera, pero siempre me llamaban para que me pasara por el bar que mi chico regentaba por aquel entonces y me tomara algo con ellos. Un sábado de fiestas, el bar estaba a reventar y Jose nos pidió ayuda detrás de la barra y en la cocina, así que ambos le echamos una mano encantados.
Al principio todo era muy divertido y nos lo tomamos como un juego, pero con el paso del tiempo, su primo empezó a beber supongo que contagiado por el ambiente festivo y la situación se volvió un poco rara. Yo no quise darle importancia, lo achaqué a que había bebido y a la confianza que había cogido conmigo en los últimos días, pero cada vez que nos cruzábamos aprovechaba para tocarme la cintura, acariciarme el brazo o la espalda o guiñarme un ojo. Me dije a mí misma que estaba exagerando y que no pasaba nada, pero cuando una de las veces entré a la cocina, él me siguió, me abrazó durante un rato y me dijo como si nada, medio en broma medio en serio: «madre mía, cómo me estás poniendo». No supe reaccionar, lo único que fui capaz de hacer fue salir y seguir atendiendo a la gente con la cara más blanca que la cal.
Después de aquello, él no paraba de mirarme y yo evitaba a toda costa quedarme a solas con él, pero el universo me lo ponía cada vez más difícil; mi chico tuvo que salir porque se le había acabado el hielo y dejó solos a cargo del bar un rato. Durante los aproximadamente veinte minutos que estuvimos solos, su primo no se molestó en disimular y cada vez que me agachaba, él me miraba el culo y resoplaba lo suficientemente algo para que yo lo escuchase. La situación fue tan violenta que, aunque en un principio me había propuesto no decir nada porque no quería líos, cuando me dijo «ay, prima, te ibas a enterar si tú quisieras», tuve que pedirle que me dejara en paz, que me estaba haciendo sentir muy incómoda, que era la novia de su primo y que aquello era asqueroso. Él me miro con los ojos vidriosos de quien ha bebido demasiado y muy enfadado me dijo que estaba loca, que era yo quien le llevaba provocando desde que nos habíamos conocido y que él no quería nada conmigo.
Nunca le conté nada de aquello a mi chico porque no quería que su relación cambiara, le admiraba tanto que me dio pena que se le cayera aquel pedestal en el que le tenía subido desde que era pequeño. Quise pensar que el alcohol le había decir y hacer cosas de las que no estaría orgulloso y que, seguramente, ni se acordaría. Sin embargo, a la mañana siguiente, cuando pasé a tomar un café a casa de mis suegros, él estaba allí como si nada pero al verme le cambió la cara, se levantó de la silla y sin decir una palabra se marchó. Cuando estuvimos a solas, Jose me contó que había discutido con su primo porque éste le había reprochado que ya no pasaban tiempo juntos sin que yo estuviera de por medio, que se había vuelto un mierda, que ya no salían de fiesta como antes y que yo no le gustaba un pelo, porque cuando se había marchado a por hielo, me había visto tontear con todo el mundo. Mi chico le cantó las cuarenta y me defendió de sus ataques, le dijo que hiciera el favor de madurar y que ahora yo formaba parte de su vida, tanto si le gustaba como si no.
Pude haberle confesado lo que su primo me había dicho, pero no quise echar más leña al fuego. Además, mi chico ya se había dado cuenta de que su primo no tenía otra intención que meter mierda entre nosotros. Desde aquel día, no he vuelto a cruzar una palabra con él más allá de las típicas frases de cortesía cuando viene a ver a su familia, aunque lo cierto es que sus visitas se han ido espaciando más en el tiempo desde entonces. A pesar de que mi chico no sabe lo que ocurrió esa tarde en el bar, su relación no ha vuelto a ser la misma y estoy convencida de que su primo cree que yo he tenido algo que ver en ello, pero lo cierto es que si hubiera abierto la boca, hubiera ardido Troya…
Anónimo.
