Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
Escucho a mi madre hablar de sus años de costurera, de sus compañeras de trabajo, de tomarse un café y ponerse una minifalda. Veo sus fotos antiguas y me parece que está guapísima, que tenía un mundo por delante que se quería comer.
La miro sentada en el sofá peleándose con el móvil, diciendo que quiere mandar una foto y no lo consigue. Me dice que el ordenador no se enciende, que si lo puedo mirar, y qué no sabe qué le pasa a la caldera, que lleva días sin agua caliente.
Con su imagen en la mente me miro en el espejo, con mi blusa de vestir, mis tacones imposibles y mi maquillaje, del que ya solo quedan restos.
Me pregunta: «¿Al final vas a dejar de trabajar para cuidar a los niños?». Ya sabe que volví la semana pasada y que mi cabeza le está dando vueltas a todo. «Mamá, te dije que pensaba en una reducción, no en pedir una excedencia».
Ahora me mira ella, vuelve a contarme que fue mi padre el que la obligó a dejar de trabajar, que eran otros tiempos, que le hizo caso. Vuelvo a escucharla otra vez, le digo que ha sido una gran madre, le repito lo mucho que la quiero.
Y entonces lanza la gran pregunta: «Y ¿si no hubiera dejado de trabajar?». No respondemos, pero sé que se arrepiente de aquella decisión, de ser madre y ama de casa y olvidar la mujer que era.
Llega mi marido y me pregunta qué tal el día, que si ya he decidido si la reducción sí o no. Le respondo que no todo es blanco o negro todavía en mi cabeza. Miro de nuevo a mi madre y me preocupa tanto convertirme en lo malo que ella tiene, en todo lo que se perdió por cuidarme, en la persona que podría haber sido. Pienso en la reducción, en menos horas de oficina y más tiempo con mis niños. Pienso en que me dejarán de lado en los proyectos, en que no tendré un papel tan activo, en que no aportaré tanto dinero a casa, en que seré un ser de segunda.
Pienso en lo mucho que quiero a mis hijos, pienso en la mentira de la conciliación. Pienso en cómo ser madre, mujer y trabajadora sin fracasar.
Pienso que nos han engañado. Nos venden la reducción de jornada como la solución, cuando es solo un parche para seguir siendo todo a medias.
Le doy un beso a mi madre y nos vamos de su casa. Al llegar a la nuestra le pregunto a mi marido sin rodeos: «¿Por qué no te reduces tú la jornada?». Y le explico que así yo podría entrar antes y salir antes. Él podría asumir más compras, más tareas. Y cuando yo llegara, ser una madre más presente. No le veo fisuras al plan.
Me contesta que ya sé que le han mirado mal por pedir los días de lactancia, que se acabarían los buenos proyectos y, para rematar, me dice que eso no lo hacen los hombres, que es cosa de mujeres.
Y entonces, me pregunto con quién me he casado. Me acuerdo de mi padre, de mi madre y entiendo que reducirme la jornada, tras sus palabras, es repetir la historia.
Me voy a dormir con mil fantasmas en mi cabeza y con todas las decisiones sin tomar. Ninguna solución será correcta. Tal como está todo, siempre fracasaré.