Tenía 19 años y estaba de fiesta con unas amigas. Bebí sin ningún tipo de mesura. Un tipo se me acercó y empezamos a hablar, ni siquiera recuerdo sobre qué, solo sé que estuvimos un buen rato hablando sin parar. Un par de horas después, mis amigas me dijeron que querían irse a casa ya, que estaban cansadas.
Yo quería que se quedasen, pero no aguantaba, así que les dije que yo me quedaría un rato más porque no tenía nada de sueño y necesitaba desconectar (no estaba pasando por un buen momento personal). Ellas se preocuparon un poco y me preguntaron si realmente el tipo con el que estaba hablando me parecía de fiar. Yo les dije que sí, que me parecía un tío majo y que nos estábamos echando unas risas. Al final se fueron con cierta desconfianza. Seguí bebiendo y hablando con este tipo, que, en un momento dado, empezó a agarrarme de la cintura como para bailar. Yo me sentí incómoda y le aparté de buen rollo, no quería parecer borde.
El tío insistía y yo no sabía cómo decirle que parase, así que le seguí un poco el rollo bailando, pero separándome de él. El pub estaba a punto de cerrar y yo seguía sin ganas de volver a casa. Él me dijo que si quería podíamos seguir la fiesta en otro sitio, que había quedado con su grupo de amigos y amigas allí. Dudé un instante pero terminé aceptando. Monté en su coche (sí, condujo estando completamente ebrio) y empecé a perturbarme cuando vi que se alejaba de la ciudad para adentrase en carreteras oscuras y solitarias en el monte. Llegamos a una casona en el monte. Nos recibieron dos enormes perros ladrando. Entramos en casa. No había absolutamente nadie.

Ni amigos ni amigas ni familiar alguno, nadie. Había hachas, motosierras y un montón de herramientas de campo colgadas por las paredes que me produjeron escalofríos. No dije nada, no sabía qué decir. Estaba a una hora en coche de la ciudad y ni siquiera sabía dónde. Mi móvil no tenía batería. No recuerdo bien cómo, pero en un momento, empezó a besarme y a meterme mano. Yo tenía novio, y aunque nuestra relación no iba muy bien por aquel entonces, le seguía queriendo, quería estar con él y en ningún momento se me pasó por la cabeza estar con otro. Nunca le fui infiel ni me lo planteé (ni a él ni a nadie, me cuesta entender la infidelidad cuando estás con alguien, ni siquiera soy promiscua cuando estoy sola, no entiendo el sexo sin un vínculo, no me atrae). No quería, no quería que me besase, no quería que me tocase, me estaba dando mucho asco. Pero no dije nada. Traté de apartarlo, de nuevo con una sonrisa, intentar hablar con él, pero él ya no quería hablar.
Me llevó a una habitación, me tumbó en una cama y empezó a desnudarme. Yo cada vez me sentía más sucia y asquerosa, pensaba en mi novio, veía la cara de este tío que no conocía de nada y no entendía nada, quería salir, quería escapar de ahí, pero tenía miedo, tenía mucho miedo. Pensaba que si le decía que no, le molestaría, que podría hacer lo que quisiera conmigo, que si pedía ayuda nadie, absolutamente nadie me iba a escuchar, salvo los perros que protegían la casa. Cuando estaba a punto de entrar en mí, mis labios hablaron sin mi permiso. Dijeron claramente «No.» Él pareció no escucharlo, quizás lo dije muy bajito, de modo que levanté un poco el tono de la voz y volví a repetir «NO.» No funcionó. Me penetró tanto como quiso e hizo conmigo lo que quiso hasta quedar satisfecho. Acto seguido, se durmió profundamente. No sentí placer en ningún momento. Ni siquiera físico. Mi cuerpo estaba en tensión. Simplemente quería que terminase. Respiré hondo cuando lo hizo. Quería llorar, pero el miedo me lo impedía.
Me levanté como pude (iba muy borracha y apenas podía tenerme en pie) y me vestí. Como mi móvil no tenía batería, cogí el suyo y le envié un mensaje a mi madre: «Me he quedado sin batería en el móvil, pero no te preocupes, estoy en casa de una amiga y dormiré aquí, volveré mañana.» En realidad no sabía cuándo iba a poder volver. Ni cómo. Pensé en llamar a la policía, pero temía que se despertase y tampoco sabía qué decirles ni si tenía derecho a hacerlo. La culpa era mía por idiota, por emborracharme, por irme con un desconocido, por ser una ingenua al pensar que realmente había una fiesta en su casa, por no pensar en que no respetaría mi «NO». Traté de salir de la casa. Estaba cerrada con llave. Los perros empezaron a ladrar y yo empecé a acojonarme más. Volví a la habitación. Seguía dormido. Me encontraba muy mal, tanto física como mentalmente. Estaba muy cansada, había bebido demasiado. Traté de tumbarme un rato y descansar, pero fue imposible. Pasaron algunas horas, quizás tres, aunque para mí fueron diez, y entonces, se despertó. «¿Podrías llevarme a casa?» Acerté a decirle. «¡Claro! ¿Pero no quieres un café o un Colacao antes?» me preguntó con una sonrisa, completamente ajeno a lo que yo sentía. «No, gracias. No me encuentro bien.» le contesté. «¡Pero no pongas esa cara, mujer! Ya te llevo…»
Una hora de viaje en la que yo no abrí la boca salvo para decir adiós. Él, sonreía y bostezaba como si nada. Llegué a casa y me sentí aliviada y horrorizada al mismo tiempo por lo que había sucedido. Quería que fuese una pesadilla, que no fuese real. Quería despertar. No podía. Me llamó mi novio. Contesté. Me dijo que me notaba la voz rara, que si estaba bien. Le dije que había bebido mucho y me iba a acostar un rato. Colgué y rompí a llorar. Imaginaba su cara, imaginaba no poder volver a mirar su cara. Pensé que podría verlo en mi cara. No me sentía capaz de decírselo. Me sentía una mierda. Una guarra. Una puta. Una basura. Me metí a la ducha. No quería oler a él. Sentía un asco monumental, hacia él, pero sobre todo hacia mí. Sentí que no había hecho lo suficiente por evitarlo. A veces, aún lo siento. A veces aún me odio.