Todo empezó con un match en Tinder.
Después de varios días hablando, por fin quedamos. La cena fue genial. Hubo risas, complicidad y esa sensación de que todo estaba fluyendo demasiado bien para ser una primera cita.
Al terminar, nos fuimos a dar una vuelta.
Y ahí empezó todo.
Las miradas eran cada vez más intensas, las distancias más cortas y las excusas para tocarnos más frecuentes. Los besos llegaron solos, sin pensarlos. Primero tímidos, luego con ganas. De esos que hacen que te olvides de la hora y de todo lo demás.
La tensión entre los dos era evidente.
Cada vez que nos separábamos unos centímetros, acabábamos acercándonos otra vez.
Cuando me propuso ir a su casa, no tuve que pensarlo mucho.
La noche prometía.
Al llegar, nos dejamos caer en el sofá. Seguíamos besándonos, abrazándonos, completamente metidos en el momento. La química era brutal y yo estaba disfrutando cada segundo.
Antes de ir a la cama a rematar la noche, decidí pasar por el aseo.
Entré.
Miré.
Y ahí se acabó todo.
Los arañazos de gato dentro del WC parecían llevar años ahí.
Se me secó todo.
Las ganas, la atracción y cualquier intención de quedarme.
Salí del baño, puse cualquier excusa y me fui.
Moraleja,si tienes pensado invitar a alguien a tu casa después de una cita, currátelo un mínimo.Esto también forma parte del juego.
No hace falta lujo, pero sí cuidado.
Porque puedes tener química, besos y la noche encaminada…Pero si el baño te corta el rollo, lo demás no sirve de nada.
Ahora entiendo por qué cada vez más gente prefiere ser visitante