El otro día quedé con mi amiga de infancia a tomar café. Nos conocemos desde que tenemos cuatro años. Hemos pasado temporadas que nos veíamos muy a menudo y otras que menos, pues conforme íbamos creciendo nos íbamos distanciando o acercando en nuestros respectivos lugares de residencia. Pero la distancia no ha hecho que perdiésemos la relación. Y cuando volvíamos a vernos, no notábamos el tiempo pasado.
Sí es verdad que no nos parecemos en casi nada. Somos muy diferentes en estilo de vida, estudios, gustos e incluso vistiendo. Debe ser cierto eso de los polos opuestos. Pero mira, siempre nos hemos caído bien y nos hemos divertido la una junto a la otra.
Últimamente creo que se está volviendo un poquito radical en ciertos temas como política o vida saludable, pero oye, escuchamos y no juzgamos. Que para eso somos amigas, ¿no?
Muchas veces, cuando quedamos se nos hacen las tantas. Repasamos nuestras vidas, nos desahogamos de nuestros marrones existenciales y salimos renovadas. Total, que el café se convirtió en cerveza, la cerveza en cena y la cena en copa.
Pues ya habíamos hecho el repaso pertinente a toda nuestra vida y situaciones actuales y nos íbamos camino del parking, para coger los coches e irnos para casita. Íbamos riéndonos de una chorrada cuando, por la otra acera, nos cruzamos con un grupo de chicos.
Y uno de ellos dijo algo así como “Esos son buenas curvas y no las de la carretera de mi pueblo”. Me cayó en gracia y, riendo, contesté: “Pues cuidadito que son peligrosas y sin aviso”. Se rieron y siguieron andando.
Mi amiga apresuró el paso y en la siguiente esquina se paró de golpe, se dio la vuelta y con cara de mala leche me preguntó que a qué había venido eso. ¿El qué? Que por qué había tenido que contestar y además de manera amable, como si fuese una gracia. Bueno, porque a mí, personalmente, me ha hecho gracia.
Te has reído como una mosquita muerta que quisiese llamar la atención. Como si te hubiera gustado, como si quisieras que te dijesen más cosas.
Me he reído porque me ha hecho gracia, punto. No hay que darle más vueltas. Que desde cuándo me había convertido en una pick me girl. Perdona, que no necesito ser el centro de atención de nadie, sólo me ha hecho gracia.
Y empezó su alegato en contra de los piropos. Que son una forma de acoso callejero, verbal y machista. Que nos cosifica a las mujeres y que invade nuestro espacio personal provocándonos inseguridad y miedo.
Mira, yo entiendo que muchas veces son desagradables y en esos casos no soy nada amable en mis respuestas. Pero no ha sido el caso. Han sido graciosos, sin más. No me he sentido violentada en ningún momento. Que ella sí. Pues me disculpo por la parte que te toca.
Seguía insistiendo que a mí me había tenido que violentar y que no entendía cómo no era así.
Chica, somos diferentes en casi todo, ¿no? A ti te gusta el crossfit y a mí no. A mí me gusta un piropo amable y a ti no. Ya está. No creo que tengamos que convencernos la una a la otra de lo contrario, ¿no?
Pues me dijo que no sabía si esto me lo podría dejar pasar y se fue a coger el coche casi sin despedirse.
Y ahora no sé si he perdido a mi amiga de la infancia por culpa de un piropo.
