Ser diabética es lo mejor que me pudo pasar

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    Delice on #1258767

    Depresiones, ansiedad crónica, hipersensibilidad al ruido y a la luz, autoestima nula, y mis estados de ánimo sólo conocían dos emociones: pasividad o ira. Mi vida se rompió por muchos sitios debido a un sinnúmero de razones: pérdida, muerte, abandono, malas relaciones… y todo pretendía aliviarlo comiendo. Si estaba triste, mal, si me pasaba algo malo, comía para olvidarlo. En las escasas ocasiones que me sentía bien o me sucedía algo bueno, comía también para celebrarlo. Me pasaba las noches sin dormir, delante del ordenador viendo películas o series que ya había visto mil veces y delante de un bote de un leche condensada que me acababa a cucharadas. Siempre tenía hambre, hasta cuando me daba atracones de tal calibre que sabía que iba a vomitar si seguía comiendo, aún así seguía teniendo hambre, un hambre devoradora y cruel que jamás se terminaba y sólo pedía azúcar y grasa. 

    Apenas salía a la calle, porque además teletrabajaba, sólo salía cuando realmente era imprescindible. No era sólo que el ruido del exterior me hiriera (por lo que llevaba siempre auriculares), era que daba dos pasos y me extenuaba, me dolían las piernas (las tenía tan hinchadas que mis gemelos se ponían duros como el cemento y me dolían como si me fuesen a estallar), y tenía la sensación de que todo el mundo miraba a “la gorda” y se reían de mí. En mi casa estaba oculta y segura, en la calle todo era incomodidad y sufrimiento. En casa trabajaba vendiendo y, como sólo oían mi voz en el teléfono, nadie me juzgaba. Sólo yo, claro, que tenía que ser siempre la número uno en ventas, la mejor en atención, calidad, conocimientos y cifras. Sólo para eso servía, así que tenía que ser la estrella. Y vaya si lo era, a costa de tener una ansiedad enorme y fustigarme cada vez que se me escapaba un cliente. 

    Mis amigos me obligaban a salir al menos una vez a la semana para verlos, y ni ellos ni mi familia sabían cómo decirme que no podía continuar así, que mi cuerpo estaba tomando unas dimensiones que asustaban y que tarde o temprano mi salud diría “basta”. Cuando lo intentaban, yo me encerraba aún más en mi depresión, convencida de que todo el mundo me despreciaba y les asqueaba, ¿cómo no, si yo era la primera que sentía asco de mí y me detestaba? Pero era incapaz de hacer nada. La terapia costaba un dinero que yo no tenía, en la seguridad social tardaban casi un año en atenderme (y ya había tenido una experiencia en Salud Mental que no quería repetir. Una “doctora” me dijo que si estaba tan mal y soñaba con suicidarme, por qué no lo hacía), tampoco podía pagar un gimnasio y no pensaba hacerlo para que todo el mundo se riera de mí. Así que pasaba el tiempo mientras yo me alimentaba de fritos y rebozados, tenía ataques de ansiedad casi a diario y cada vez que me entraba taquicardia por comer demasiado pensaba que ojalá reventase de una vez para siempre. 

    Faltaban pocos días para Navidades cuando me empecé a encontrar mal. Tenía mucha sed, pero eso no era extraño; últimamente siempre tenía sed igual que hambre, y tampoco se me pasaba por mucho que bebiera, “tengo sed de vampiro”, solía decir. Lo peor era el dolor de estómago que tenía, era como una indigestión pero sin vómitos. Cosa extraña en mí, no tenía hambre. Pasaron los días y aquello no se aliviaba por los “medios normales”, y como siempre he sido de extremos, no comía nada. Ni arroz, ni caldo, ni nada, me dolía la tripa y cada vez me sentía más débil, sin embargo tenía taquicardia y jadeaba como un perro de caza incluso sentada. 

    Llegó un momento que ya no era capaz de hablar ni de controlar esfínteres. Mis padres me llevaron a Urgencias y allí en un principio no querían ingresarme porque estaban de COVID hasta el cuello, decían simplemente que el ansiolítico que tomaba me había puesto así, que cuando se me bajara el globo se me pasaría. Ante la insistencia de mis padres de que aquél estado no era normal, y viendo que yo no dejaba de beber y orinar, se les ocurrió hacerme una prueba de azúcar en sangre. El pico que di le hizo una peineta al precio de los pisos, vamos. Rápidamente me ingresaron. 

    Pasé los dos días siguientes en la UCI con un sueño increíble, pero mejorando a ojos vistas. Cuando al fin me recobré lo suficiente para entender mi situación, me dieron la bienvenida a un nuevo mundo: la diabetes. Me llevaron en sillita de ruedas y bata a la consulta de diabetología del hospital, en cuya puerta se veía un cartel que rezaba: “Nadie puede atravesar esta puerta sin una sonrisa”. Y como yo soy muy obediente, sonreí. La doctora me explicó mi situación y yo también le expliqué mi parte. 

    “He hecho verdaderas burradas con la comida. Una bolsa de kilo de patatas congeladas me duraba una sentada, y me comía varias a la semana con cuatro huevos fritos y bacon. Me comía un paquete entero de galletas con leche y cuatro o cinco cucharadas soperas de azúcar… yo he hecho con la comida lo que un alcohólico con la bebida”. Descargar aquel costal fue liberador. Un alivio, y la doctora me dijo que era muy positivo reconocer todo eso. 

    “Ahora ten presente que todo eso, lo hiciste en el pasado. Ya no vives allí, así que ya no hay motivo para torturarte por ello”, me dijo. Y empezamos mi tratamiento con insulina y mi nueva forma de comer. “La diabetes no es una cárcel”, me recalcó. “La gente llega aquí pensando que sólo podrá comer lechuga para el resto de su vida y no es así, tú puedes comer hasta tarta de bodas si se tercia. Sólo tienes que recordar regular tu dosis de insulina y que los postres y dulces son un consumo ocasional, que no los necesitas para ser feliz ni para sentirte satisfecha, ni para olvidar nada”. Para ella, como para todo el personal de la UCI y de La Paz, sólo puedo tener palabras de gratitud, cariño y elogio; son unos pedazo de profesionales a cual más amable, más atento, más cariñoso y profesional, se merecen todo lo mejor.

    De vuelta a la habitación, pensé mucho en mi nueva situación. El querer ser la mejor en el trabajo, la número uno, toda mi ansiedad, mi depresión, mi odio a mí misma… ¿a dónde me habían llevado? A la UCI. A la antesala del Otro Barrio, vamos a ser claros. ¿Había merecido la pena? La verdad era que no. Pues entonces era hora de tomarse las cosas de otra manera. Quería tener calma y paz interior. Quería ser alegre, quería saborear todo lo que el mundo pudiera ofrecerme, quería disfrutar y no volver a esconderme nunca más, quería VIVIR. 

    Apenas regresé a mi casa, tan pronto recobré mínimamente las fuerzas que la cama del hospital tomó prestadas, salí a la calle a pasear. Y el mundo me pareció hermoso como nunca, ¿¿¿de verdad había tantos colores??? ¡Me parecía asombroso que el cielo fuese tan azul y se recortase contra las ramas de los árboles, negruzcas y desnudas, pero tan bellas! ¿Y los pinos y los abetos con sus agujas llenas de rocío? ¡Eran fantásticos! ¡Oh, mira, una bolsa de patatas tirada en el suelo, su parte interior emite destellos dorados a la luz del sol y hace guiños luminosos…! Sí. Me entusiasmaban las cosas más nimias. Llevaba mucho tiempo dando al mundo por sentado y es una maravilla volver a él después de haber pensado que te lo pueden quitar. 

    Desde entonces, vivo la vida de otra manera. Mi ansiedad tomó del brazo a mi depresión y las dos se mudaron sin dejar señas. No las echo de menos porque muy de vez en cuando mandan alguna cartita, pero no la suelo abrir. Salgo a caminar todos los días. Perdí mucho peso. Cambié todo mi vestuario. Me maquillo para salir hasta a por el pan, hago ejercicio, mi relación con la comida es saludable, sé distinguir lo realmente importante -que no es ser la número uno en el trabajo, sino las personas que le rodean a uno-, me he apuntado a clubes de Teatro y Lectura, mi círculo social ha aumentado, y lo más importante, es que he descubierto que me gusta la vida. 

    Así que cuando alguien me ve que llevo un sensor lector de glucosa o que me inyecto insulina antes de comer y me dicen “ay, pobre, ¿tienes que ponerte una inyección en todas las comidas?”, digo “sí. Tengo mucha suerte”. 


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    ada
    Invitado


    ada on #1258790

    vamos que prefieres estar enferma porque ahora estas delgada… en serio? tan interiorizada tener la gordofobia? todo lo que has hecho al tener diabetes, todo ese cambio de rutinas y alimentacion, pdrias haberlo hecho antes. lo siento pero no se que me ha dado mas al leer este post, si pena, rabia o preocupación…

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    Didí
    Invitado


    Didí on #1258793

    Ole tus cojones, reina.

    @Ada, ¿la comprensión lectora la hemos dejado en casita, o cómo? ¿No has leído que la chica tenía una depresión de caballo y no veía ninguna salida? ¿Que necesitó ese «parón» para pensar, pedir ayuda y recibirla?

    Tú también puedes adelgazar, seguro, en lugar de sentir rabia por quienes han podido perder peso.

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    EG
    Invitado


    EG on #1258797

    Yo si he entendido perfectamente a lo que te refieres y en tu caso tienes razón en sentirlo de esa forma porque si no hubieras acabado con diabetes tu vida no hubiera cambiado a mejor, al contrario. Ahora ves la vida de otra forma y disfrutas de cosas que antres no lo hacías.
    Pero no nos engañemos, la diabetes es una putada gorda. Hablamos de una enfermedad grave. Es una putada tener que pincharse antes de cada comida, controlar la dosis, cambiarte el sensor, vigilar lo comes, etc. Y eso suponiendo que no tengas problemas en controlar la enfermedad.

    Ada, hija, no te has enterado de nada.

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