D. no tuvo una vida fácil. Hijo de drogadictos, el mayor de 4 hermanos, un padre que pegaba a la madre y luego un sinfín de amantes de su madre que consumían delante de él. Recuerdo estar perfectamente él, L. y yo sentados en su sala de estar intentando rescatar a la princesa Peach, y ofrecernos fumarnos coca. Eran otros tiempos.
Y así fue creciendo. Era un chaval 10 pero ni estudiar ni trabajar era lo suyo, pues con esos ejemplos en la familia, el había entendido que trabajar era que los demás se aprovechasen de uno y que el dinero fácil, si teníais cuidado, era lo mejor a lo que te podías dedicar.
A pesar de ser así de espabilao, era muy tímido, pero acabó conociendo a una jovencita con la que acabó saliendo, R.
Ella entró a nuestra pandilla por ser su novia. Éramos 12 chicos y yo, la única chica, y ella pensaba que debía caerme bien para estar a gusto y tener amiga en el grupo. Pero nada más lejos de la realidad…
R. era horrible. Era falsa, mentirosa, metiche, envidiosa y celosa, muy muy celosa. No tenía amigas, y cada vez que tenía una a los dos meses acababan mal, y cada vez que mis amigos tenían una novia la amargaba porque no la quería en el grupo.
Mi amigo D. no podía hablar con ninguna chica ni tampoco con ningún chico que le cayese mal a ella. No podía bajar con nosotros si estaba alguna chica y si se daba el caso de que él estaba y venía una chica se levantaba y se iba.
Los chicos pasaban del tema, yo sin embargo, si le quité el tema de que eso no era sano, pero D. debía de ver en ella estabilidad, porque gustar gustar…tampoco es que le atrajese mucho: ella contaba que él nunca quería sexo y delante nuestra, cosa que le cabreaba mucho, pues un adolescente sin ganas de sexo..
Con el tiempo no nos quedó más que aceptarla y tener que hacernos amigos suyos por D., la mejor persona que conocí hasta mis 40 años.
Gente nueva vino, gente se fue y así fueron pasando los años. Aprendimos a tolerarla.
Hasta que llegó J.
J. había llegado por casualidad a nuestras vidas y nos encantaba a todos. Era una chica extrovertida y divertida con la que siempre podías contar, nunca juzgaba y se llevaba las confidencias a la tumba. Esta chica hizo que ampliáramos la pandilla, las novias de lis amigos dejaron de venir ocasionalmente a hacernos otra pandilla aparte de chicas en la que R. no estaba porque ella misma no quería, pues no quería a J. cerca.
Aunque nunca habían llegado a cruzar palabra, nos hablaba pestes de ella e incluso a veces delante de ella; «A que no sabéis que me han contado que hizo vuestra amiga?», y largaba la historia. Si J. le decía algo ella no le contestaba y se reía, así que la ignoraba porque en el fondo le daba pena, decía que ser así tiene un motivo y seguramente no era agradable, tenía una paciencia brutal.
Los chicos le decían cosas para que la dejase en paz, a veces le dejaban de hablar pero luego se les pasaba por su amigo, mientras que yo le dejé hablar directamente, y detrás de mí, las otras chicas del grupo.
Poco a poco fue consciente de lo aislada que estaba, llegando un punto en el que un día estando de botellón, los chicos estaban a un lado y las chicas a otro, y ella empezó a llorar.
La versión de R. es que llegó una nueva y malmetió hasta que nos separó de ella, cuando la realidad es que fue un punto de inflexión para decir hasta aquí.