Soy hija única de una familia de clase trabajadora. Mis padres se esforzaron mucho para que yo pudiera estudiar y tener todo lo necesario para un buen futuro y yo, se lo devolvía como podía: sacando notazas, dejándome la piel estudiando y siendo la niña perfecta que se porta “bien”.
Acabé el instituto con matrícula de honor y me metí a estudiar una ingeniería. Era muy buena estudiante y siempre conseguía becas con las que podía seguir estudiando sin tener que pedir dinero a mis padres. El último año de carrera hice un Erasmus en Escocia y fue el año más maravilloso de mi vida: viajar, estar fuera de casa, buscarme la vida, conocer a gente de todo el mundo… Logré acabar la carrera ese año y, además, conocí a mi novio, un escocés rubio, con la barba pelirroja y con un nombre que nunca nadie sabe cómo pronunciar: Aidan.
Acabé la carrera y me volví a España un par de semanas para el verano, pero pensaba volver a Escocia para buscar trabajo allí. Y lo encontré en una multinacional con sede en Glasgow, así que Aidan se puso a buscar trabajo allí y nos alquilamos un apartamento en un tercero, con unas ventanas de risa y una tostadora por radiador. Hacía un frío del demonio, pero éramos felices.
Mis padres estaban encantados porque había logrado acabar la carrera y encontrar un muy buen trabajo. Pero ellos estaban pasando estrecheces: mi madre siempre trabajó de limpiadora por horas y sin contrato y mi padre, albañil, ya estaba mayor y no le solían contratar más que para chapuzas de poca duración y también sin contrato. Así que empecé a echarles una mano con la hipoteca y, de la mano, fue el brazo y la pagaba yo toda para que ellos pudieran vivir con lo que iban sacando.
Con los años mi relación se fue consolidando y mi trabajo exigiéndome más y, por otro lado, aportándome más dinero que. Íbamos ahorrando como hormiguitas para poder pagar la entrada de una casa en Glasgow.
Me quedé embarazada y ese fue el detonante para buscar otra vivienda: no queríamos que nuestro hijo se congelase y, además, buscábamos algo unifamiliar con un trocito de jardín. Y, como os podéis imaginar, los precios en Escocia son tan prohibitivos como en España. Teníamos el dinero para la entrada, pero entre la hipoteca, la llegada del niño y la necesidad de comprar un coche (porque ya no viviríamos en el centro), los gastos se dispararon.
La situación de mis padres por ese entonces había mejorado: mi padre había conseguido un trabajo como conserje en un colegio y tenía un sueldo fijo. Así que hablé con ellos en unas vacaciones y les comenté que iba a dejar de pagarles la hipoteca. Y no os imagináis. Me dijeron de todo: que era una egoísta, que ellos me lo habían dado todo, que qué hacía yo para necesitar tanto dinero si lo ganaba a espuertas… Se cerraron tanto en banda que al día siguiente recogimos las cosas para volvernos a nuestra casa.
Intenté hablar con ellos antes de irme, pero no hubo forma. Así que me fui con el corazón roto y sintiéndome súper egoísta. Como medida, ese mes en vez de pagar la hipoteca íntegra, les pagué la mitad y su respuesta fue una llamada en la que mi padre me dijo que no necesitaban absolutamente nada de mí, que era “una miserias” y que la vida me iba a devolver todo.
Y yo, embarazada, lloraba y lloraba sin entender cómo había pasado de ser objeto de adoración para ellos a una snob egoísta por no pagarles la hipoteca.
El ambiente estaba tan caldeado que no hablábamos y un mes antes de Navidades llamé a mi madre para preguntarle cómo pensaban hacer para las fiestas. Su repuesta fue: “Pues muy fácil: nosotros en nuestra casa y tú en la tuya, así no tienes que gastarte dinero en venir”. Entended que yo paría en abril y que mis padres, en ningún momento, me escribieron para ver qué tal el embarazo, el bebé ni nada.
Y no fui. Y mi hijo nació y les hice una videollamada y como si llamara el de Jazztel. No se emocionaron, no me dijeron que lo querían conocer, ni que qué tal estaba yo… Los primeros meses les mandaba fotos a diario y sus contestaciones eran: “¡Qué bonito!” y luego pasaron a corazones simplemente.
Y ahora, dos años después, ya no hay nada. Las fotos se diluyeron en el tiempo y las llamadas con él. No he vuelto a España y mis padres no conocen a mi hijo. Y eso me hace tremendamente infeliz porque cada vez que he intentado hablar con ellos me he dado de bruces con un muro.
