Mi madre siempre decía que los bares son como una segunda casa para quienes no tienen tiempo de volver a la primera. Y en mi caso, La Taberna del Sol es mi salón, mi comedor y mi gimnasio improvisado. Llego a pasar tantas horas aquí que ya ni sé cuántas veces al día me cambio el delantal. Aunque, para ser sincera, mi casa tampoco es un paraíso. Es un pisito diminuto en Lavapiés, decorado con los muebles que pude rescatar de un Wallapop barato y gobernado por Don Gato , el felino más arisco de la historia.
Don Gato es gris, gordo y tiene una personalidad que combina lo peor de un juez gruñón y un crítico gastronómico insatisfecho. Solo me tolera a mí, y eso en los días buenos. A cualquiera que cruce el umbral de mi puerta —incluido el cartero— le dedica un bufido que parece sacado de un documental de felinos salvajes. Pero, en el fondo, le quiero. Es mi compañero de piso y mi mejor crítico: siempre me recuerda, con su indiferencia, que no necesito gustarle a todo el mundo.
Hoy, como cada día, me despierto con los maullidos insistentes de Don Gato, que reclama su desayuno con la autoridad de un emperador romano.
—Ya voy, ya voy, su alteza —le digo mientras intento desperezarme. Él me mira desde su rincón favorito, junto a la ventana, como si estuviera planteándose si bufarme o darme otra oportunidad. Le sirvo su comida, me preparo un café rápido y salgo corriendo hacia el metro, pensando en las ocho horas que me esperan detrás de la barra.
Cuando llego al bar, la rutina ya está en marcha. La máquina de café ruge, el olor a tostadas llena el aire y Juan, mi jefe, está en su posición habitual detrás de la barra, dando órdenes como si estuviera dirigiendo una operación militar.
—¡Gómez, no llegues tarde, que aquí no estamos para perder el tiempo! —grita, señalándome con el trapo que usa para todo: limpiar vasos, la barra y, probablemente, sus gafas.
—Buenos días a ti también, Juan —respondo, quitándome la chaqueta y atándome el delantal.
Ana, mi compañera, llega un par de minutos después, perfecta como siempre. Su coleta alta no tiene ni un pelo fuera de sitio, lleva su pintalabios rojo impecable y huele a un perfume caro que, con suerte, no se mezclará con el aroma a café y tortilla.
Yo, en cambio, soy más práctica. Mi pelo suele estar recogido en un moño improvisado, mis zapatillas cómodas son la envidia de ninguna, y mi delantal siempre parece haber visto días mejores. Pero bueno, cada una tiene su estilo, ¿no?
A las ocho y cinco, entra el primer cliente habitual del día: Lucas. Siempre aparece a la misma hora, con su chaqueta algo arrugada, el móvil en la mano y una expresión de “odio las mañanas”. Es alto, tiene el pelo castaño ligeramente revuelto y un aire de despiste que parece calculado. Lleva meses viniendo al bar, y aunque apenas hemos intercambiado palabras, ya sé lo básico sobre él: siempre pide café solo y croissant a la plancha, nunca cambia de mesa y nunca parece tener prisa.
Hoy no es diferente. Se sienta en el centro del bar, saca su móvil y levanta la mano para llamar nuestra atención. Ana está atendiendo otra mesa, así que me toca a mí. Me acerco con mi mejor sonrisa de “camarera profesional”.
—Buenos días, Lucas. ¿Lo de siempre?
—Sí, gracias —responde sin levantar la vista del móvil.
Le preparo el café y el croissant mientras el bar empieza a llenarse. Los hombres trajeados ocupan la barra, hablando de números y cifras como si fueran brokers de Wall Street. Las señoras mayores toman las mesas del fondo, discutiendo sobre lo caro que está todo y criticando a sus nueras. Y en medio de todo esto, entra Lola, la reina del drama matutino.
—¡Corina, hija, cuánto tiempo! —exclama desde la puerta, aunque nos vimos hace dos días.
Lola es de esas clientas que te agotan solo con mirarlas. Pide café con leche desnatada y tostada integral, y luego se pasa media hora opinando sobre la vida de los demás. Hoy, por suerte, parece tener prisa, porque se sienta y saca una revista, ignorándome por completo después de su saludo inicial.
Dejo el croissant de Lucas en su mesa y vuelvo a la barra, donde Ana se mueve como si estuviera en un desfile de moda. Los clientes la miran, le sonríen, y ella les devuelve la sonrisa con esa mezcla de simpatía y distancia que la hace tan encantadora. Yo no tengo ese don. Mi estilo es más directo, más práctico. No intento caer bien; simplemente hago mi trabajo.
Lucas me llama con un gesto de la mano. Me acerco pensando que va a pedirme algo más, pero lo único que hace es señalar su croissant.
—Está un poco frío —dice, con una leve sonrisa.
—Perdona, te lo cambio ahora mismo —respondo, llevándome el plato sin decir nada más.
Mientras caliento el croissant, me pregunto si lo habrá hecho para fastidiar o si de verdad estaba frío. En cualquier caso, no importa. Le llevo el nuevo plato con la misma sonrisa de antes, y esta vez su respuesta me sorprende.
—Gracias, Corina. De verdad.
No sé si lo dice con intención o simplemente es educación, pero por un momento siento que he pasado de ser “la camarera” a ser alguien con nombre. Es una tontería, lo sé, pero algo en su tono me hace sentir bien.
El turno avanza entre cafés, tostadas y clientes despistados. Cuando por fin termina la hora punta, el bar se queda casi vacío. Aprovecho para limpiar las mesas mientras Ana revisa su móvil. La miro de reojo, preguntándome cómo consigue siempre parecer tan perfecta, incluso después de tres horas de trabajo sin parar. Yo, en cambio, tengo el delantal manchado de café y el pelo fuera de sitio.
Lucas se levanta para irse. Deja unas monedas en la mesa y se despide con un leve gesto de cabeza. Cuando recojo la mesa, me doy cuenta de que ha dejado una moneda de propina. Es la primera vez que lo hace, y aunque sea algo insignificante, no puedo evitar sonreír.
—¿Qué te pasa? —me pregunta Ana al verme tan ensimismada.
—Nada, tonterías.
—Ah, vale —responde, volviendo a su móvil.
A las cuatro de la tarde, por fin termina el turno. Ana se despide con la misma elegancia con la que llegó, sube a su moto y se va, dejando tras de sí un rastro de perfume caro. Yo me dirijo al metro, cargada con el cansancio del día y pensando en todo y en nada al mismo tiempo.
Cuando llego a casa, Don Gato me recibe con su habitual combinación de indiferencia y desdén. Está sentado en su rincón favorito junto a la ventana, mirando la calle como si fuera su reino personal.
—¿Qué tal tu día, jefe? —le pregunto mientras dejo las llaves en la entrada.
Me ignora, como siempre, y se estira con elegancia antes de saltar al sofá y mirarme con esos ojos que parecen juzgarme constantemente. Le sirvo su cena y luego me preparo la mía: algo rápido y sencillo, porque no tengo energía para cocinar nada elaborado.
Me dejo caer en el sofá junto a Don Gato, que decide, por algún motivo, tolerar mi presencia y se acomoda a mi lado. Enciendo la tele, pero no presto atención. Mi cabeza está demasiado ocupada recordando los pequeños detalles del día: la sonrisa de Lucas, el “gracias” que me dio, y esa moneda de propina que, por alguna razón, me hizo sentir un poco más visible.
No sé por qué le doy tantas vueltas. Al fin y al cabo, no soy más que una camarera, y él, un cliente. Pero hay algo en la forma en que me miró hoy, algo que no había visto antes, que me hace pensar que quizá… solo quizá… algo está cambiando. O puede, que esté tan cansada que comienzo a soñar despierta.
