Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
Lo sé, al leer el título habéis pensado que soy el anticristo, que no me merezco ser tía y que deberían quemarme en la hoguera por bruja y mala gente. Pues lo siento, pero es la pura verdad. Y creedme cuando os digo que he intentado por todos los medios ver a esos niños como dos criaturas monísimas a los que debería adorar y colmar de besos y abrazos, pero sencillamente… no me sale. Esto nunca lo he dicho en voz alta y mucho menos delante de mi novio, que es su tío carnal y ama con locura a sus sobrinos, pero cada vez que estamos con ellos se me llevan los demonios.
Vaya por delante que mentiría si dijera que no les quiero; aunque me ponen de los nervios jamás se me ocurriría tratarles con altivez ni hacerles notar que, en ocasiones, no les aguanto. Al fin y al cabo son críos y no es su culpa haber sido educados por unos padres y unos abuelos que les consienten todo y les tratan como niños de teta aún estando ya a las puertas de la pubertad. Entiendo que, como padres, su objetivo en esta vida sea que nada malo les pase a sus hijos, pero es que esa sobreprotección se les ha ido de las manos. Han criado a los niños en una especie de burbuja ajena al mundo real de tal forma que los críos han llegado a los 10 y 11 años totalmente agilipollados e infantilizados. Y no, no es una forma de hablar, es que literalmente les hablan como si fuesen bebés y ellos se comportan como tal.
¿Por ejemplo? Los niños tienen que sentarse por narices en el pequeño sillón de su padre y, cada vez que este llega de trabajar, ellos lloran desconsolados porque les piden que se sienten en otro sitio y le dejen ese a su padre que viene cansado. Lo peor no es el espectáculo de verles berrear siendo ya mayorcitos, sino ver cómo su abuela corre a cogerles en brazos y a mecerles contra su pecho como si vinieran de la guerra y a decirles toda compungida «ya mi niño, ya está, no llores, que la abuela te va a dar ahora un (inserte aquí un capricho) para que no llores más». Repito: 10 y 11 años. ¿Más ejemplos? Cuando cada año su madre nos regala a toda la familia un pequeño álbum con fotos de estudio de los niños posando a lo Shirley Temple, se una forma tan cursi y ñoña que da hasta risa. Cuando tenían 3 añitos me parecía muy tierno, pero qué queréis que os diga, estando ya al borde de los 10 y los 11 años…. da grima y vergüenza ajena. Ya estoy viendo a los pobres críos terminando la Universidad y haciéndose fotos para la familia con la raya al lado y las manitas juntas como si estuviesen rezando.
Entiendo que cuesta hacerse a la idea de que crecen y de que llegará un momento en que se volverán más independientes, pero tampoco me parece sano seguir tratándoles como si fueran pequeñitos. Para más inri, salir con ellos es pasar una vergüenza horrible y aguantar cómo todo el mundo nos mira porque unos niños que pronto tendrán bigote, lían la de dios porque no les dan tal o cual cosa o porque no están donde a ellos les apetece. Porque esa es otra. Lejos de ponerles las cosas claras, sus padres y sus abuelos se adaptan a los caprichos de los niños: si ellos quieren parque, se va al parque aunque los planes fuesen otros, si estás tomando algo y los niños se aburren, hay que irse, si queremos ir a tal sitio no vamos porque a ellos no les gusta… ¡Me pongo mala!
Pero si hay algo que puede conmigo respecto a la pachorra de los padres y el resto de la familia con los niños es el hecho estar todo el día tirados a la bartola sin mover un dedo por ayudar en casa o poner algo de su parte. No saben hacer la cama, no recogen la mesa, ni siquiera su propio plato, hay que ir a buscarles en coche al colegio (está a 5 minutos andando, si llega), no se duchan solos, no recogen su habitación jamás e incluso, en ocasiones, he visto cómo les daban de comer mientras ellos jugaban a la videoconsola… Muy heavy todo. Las veces que he hablado con mi chico del tema, siempre me dice que prefiere que sus sobrinos sean así de infantiles antes que unos niñatos malencarados y contestones de esos que abundan tanto hoy en día.
Yo me callo, porque la verdad es que no quiero discutir y porque, por suerte, no tengo que soportar el show con demasiada frecuencia, pero creo que mi chico está cegado por su
amor de tío. Y sí, sé que no soy madre y que es muy fácil ver los toros desde la barrera, que seguramente cuando me llegue el turno tendré que comerme mis propias palabras, quién sabe. Lo que sí es seguro es que al menos, mis hijos no serán carne de calendario ñoño pasados los dieciséis.
Anónimo.
