Experiencia personal de una lectora*
Si cuando me muera tengo que ir a algún lado, quiero ir al infierno. No me veo toda la eternidad en un campo de flores saltando como los osos amorosos. Yo soy más de bacanales, de ron-cola y de levantarme tarde los domingos.
Nunca creí en llegar virgen al matrimonio (lo siento, mamá), ni en casarme sin haber convivido y, mucho menos, en Dios. Cada uno tiene sus creencias y las respeto todas, pero crecí en una familia en que todo era si Dios quería y yo nunca creí que alguien bueno pudiese querer tanto malo a su alrededor.
De este percal y con 25 añitos me hicieron una entrevista en un colegio ultracatólico, ultrapijo y ultraselecto. En la entrevista (que, por cierto, muy legal no puede ser) empezó mi doble vida:
- ¿Dónde vives?
- Con mis padres y mi hermano.
- ¿Tienes novio? -Obviamente, nunca se podrían plantear una novia, novie o sus variantes.
- No.
- ¿Eres católica?
- Sí, claro. Mi familia es muy creyente: estoy bautizada, he hecho la comunión y la confirmación y todos los domingos vamos en familia a la parroquia de toda la vida.
Muchas diréis que es renunciar a tus principios. A mí me la sudaban los principios: llevaba años buscando trabajo de lo mío, no había forma y, además, no estaba mintiendo del todo. Me había llegado a confirmar por mi abuela, pero en cuanto lo hice, rompí toda mi relación con la iglesia. Conozco los ritos, me sé las cancioncillas y he ido a convivencias. Coló todo.

Lo malo de esos centros es que hay curas por todos los lados. Hay oídos por todos los lados y hay machismo y xenofobia por todos los lados.
La primera gran preocupación de los curas era buscarme novio. El mío no estaba muy de acuerdo, pero yo me hacía la estrecha y listo. Así mataba dos pájaros de un tiro: seguía sus normas de castidad y no tenía que decir que ya tenía uno desde hacía años, que vivíamos juntos y que vírgenes, lo que se dice vírgenes, no éramos.
Otro problema que encontraban era que era muy joven y chica. Así que mis clases, a puerta abierta. Ahí se podía meter hasta el Papa sin permiso.
Podía fingir. El primer gran problema llegó con una charla sobre el aborto. Obviamente, me obligaron a ir. La charla era para los chicos, pero el adoctrinamiento múltiple es lo más. No os imagináis la de burradas que tuve que oír y ver. Sí, ver. Además, vinieron tres chicas voluntarias de entre 15 y 20 años. Como os he dicho antes, cada uno tiene sus ideas, pero no se puede manipular la verdad. No procedemos de Adán y Eva, Darwin está ahí, la Tierra no es plana y abortar es una opción libre, por suerte, en nuestro país.
Después de esa charla me quedé muy revuelta. Mucho. Pero seguía teniendo un trabajo, un suelo y era feliz (obviando las cosas que tenía que ocultar).
La gota que colmó el vaso fue una junta de evaluación. En ella teníamos que decidir una serie de asuntos sobre un alumno que, entre otros “problemas”, era, es y será homosexual. Frase literal del director: “Hay que ver qué hacemos con este chico, cómo lo encauzamos porque está enfermo”. Nos miramos la inmensa mayoría y yo me dije a mí misma: por aquí no.
Un antes y después. Ya todo me chirriaba: tener que rezar el ángelus llegar del recreo, los uniformes con las crucecitas, los si Dios quiere, las cuidadoras a la salida, los padres ausentes, los niños que te trataban como su empleada… Ya no era mi sitio. Ya no podía fingir más.
Encontré otro trabajo. Había pasado tres años allí. Me fui por todo lo alto: escribí una carta a la Dirección en la que me quedé a gusto, educadamente a gusto. Me dio pena, mucha, por mis compañeros. He comprobado que los mejores compañeros, amigos, se hacen en las peores circunstancias. Al principio, el trabajo para mí era una necesidad y no me importó hacer ojos sordos y oídos ciegos a la situación. Al final, el dejar mi esencia se hizo tan duro que no pude.
Y os confesaré que me encantó encontrarme a uno de mis exjefes, que me viera con un bombo y decirle que me iba a casar en un par de semanas. Sí, de penalti.
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