Reproducimos testimonio de una seguidora
Hoy vengo a confesarme con vosotras. Quizás os parezca algo tremendamente inmaduro, de persona frívola o de niña tonta. Si lo pienso fríamente, a mí también me lo parece.
La cuestión es que soy incapaz de salir sin maquillar y, cuando digo que no salgo sin maquillar, no me refiero a que nunca acuda sin maquillar al trabajo, a eventos, a salidas de ocio, a tomar cañas o a dar un paseo, no. Lo mío va más allá. Sin maquillaje no bajo ni a por el pan, ni a tirar la basura (que está a cinco metros de mi casa). Tampoco voy con la cara lavada a la playa, ni al gimnasio.
Y es que no me siento yo misma sin el maquillaje. Me miro al espejo y observo a una persona con la que no me identifico; el reflejo me devuelve la imagen de una mujer que no reconozco. Siento que mi rostro cambia por completo y me convierto en alguien completamente distinto, como si me pusiera un disfraz, cuando la realidad es justo lo contrario: me estoy poniendo ese disfraz día a día para llevar a cabo mi vida cotidiana.

He rozado extremos que me avergüenza reconocer. Me avisaron del fallecimiento de un ser querido, un familiar muy cercano. No podía parar de llorar, lo que provocó que tardase bastante en salir de casa y llegar al lugar donde se encontraban el resto de familiares porque tenía que conseguir que cesara mi llanto para así poder maquillarme. A pesar de lo mal que me sentía, a pesar de mi desolación y mis ganas de encontrarme con los míos y darles un abrazo, ni por esas me olvidé del tema.
Para ir a la playa compro toda clase de productos waterproof y aun así me veo rarísima por el simple hecho de no llevar marcada la línea del ojo, así que intento permanecer todo el tiempo con las gafas de sol puestas.
Fui a pasar a un fin de semana a una localidad costera, y a la vuelta, me dirigí a la estación de tren para volver a casa. Me maquillé, pero más sutilmente que de costumbre, solo un poco de bbcream, polvos, colorete y máscara de pestañas.
En la estación, de pura casualidad me encontré a unos compañeros de trabajo y os juro que las pulsaciones se me pusieron a mil. Traté de esconderme, pero no lo logré. Después de aquel episodio, pasé tres días preocupada y dándole vueltas a la cabeza porque me habían visto “poco maquillada”. Si me hubiesen pillado en bolas, hubiera pasado menos apuro. Los imaginaba comentando entre ellos, a la hora del café: “Parece otra persona, no parece ella. Cómo cambia sin maquillar”.
Si empiezo a conocer a algún chico, me comporto como esas mujercitas de los años sesenta, que no se quitaban el maquillaje, el peinado y los abalorios hasta que su maridito no estaba plácidamente dormido y, al día siguiente, se levantaban antes que él para volver a colocarse todo su parafernalia. Justamente eso es lo que hago.
Me levanto de la cama y me desmaquillo cuando el chico en cuestión ya está dormido y al día siguiente, corro al baño un poco antes que él para ponerme maquillaje aunque sea sutil, de manera que pueda fingir que se trata de mi cara al natural. Lamentable, pero cierto.
No encuentro la forma de desprenderme de esta esclavitud. Me he acostumbrado tanto a mi rostro maquillado que no me siento cómoda a cara lavada, y por tanto, no quiero que nadie me vea así. He pensado en empezar poco a poco, pasito a pasito, pero no sé bien como arrancar. Estoy inmersa en un bucle.
