A ver, que ya lo sé, que a nuestra edad de señoras (y eso que el primer número de la cifra sigue siendo un 3), nos da pereza que, en mi caso, los tíos, no se presenten además del nombre con un certificado de higiene personal que nos asegure que tiene costumbre de lavarse los dientes después de los calamares con alioli que se ha cenado antes de llegar al bar. Que si tiene una caries que no se trata desde hace meses, eso puede tocar mi lengua, y sabe Dios si llevarme un trocito de muela desgastada. Que si fuma, bueno, si fuma lo vamos a detectar enseguida y evitaríamos el lametazo al cenicero. Y ya no hablo del siguiente paso, desabrochar el botoncito y que emanen aromas que nada tienen que ver con el ambientador de palitos mikado. O donde esa lombriz haya podido enterrarse en expediciones anteriores. Y tengo una amiga, algo tiquismiquis, que me dice que las noches de fiesta está segura que no han usado papel higiénico después de miccionar (¿y el resto de noches de su vida si?), pero bueno, mentiría si yo dijera que hay bares en los que no me queda otra que dar saltitos para escurrirme bien antes de volver a subirme las bragas.
Pero yo es que no me refiero ni siquiera al contacto físico. O sea, no. Echo de menos los previos, los preliminares, la química si quieres ser más romántica. Aquí me encuentro yo, felizmente casada, pero con poca chispa. Que a mi en casa, cosa que igual deberíamos proponernos, pocas veces se me pone el chirri efeverscente. Pero el amor y sexo que yo conozco ahora es eso, terreno conocido, ¡que también tiene sus ventajas, por supuesto! Pero me refiero a eso de mirarte en un bar, flipar de lo que te pone, pedirle a tu amiga que te acompañe a dar una vuelta para verlo otra vez, comprobar si te mira también o es que era bizco y eso te había parecido. Cambiarte un número de móvil, hacerte un poco la digna y esperar a ver si te escriben. La satisfacción cuando llega el mensaje. La incertidumbre, la novedad, ese otro tipo de placer que te proporcionan las primeras veces. ¿Os pasa o no os pasa?
Y no, no me planteo abrir la pareja, ni dejar a mi marido para ligar con otros (que lo mismo luego no me comía un rosco), pero a veces siento que no pertenezco al club de “para mi esa época ya es pasada”.
Si salir de fiesta salgo de Pascuas a Ramos pero esas noches, con nostalgia, me acuerdo del tonteo, de la diversión, a veces me apetece sentirme otra vez así. Incluso a veces me pasa lejos de un bar y un gintonic, medio fantaseo o imagino cómo sería 15 años atrás cuando un día comiendo con un compi del curro se acerca un amigo al café. Ahora le saludo con dos besos y lo incluyo en la conversación y antes, lo hubiera pasado por un escaner completo y me hubiera pellizcado bien la cara para que pareciera que llevaba colorete puesto. O por un microsegundo viajo al pasado cuando recibo algún whatsapp cortés de una historia ya cerrada. Cerrada, caducada y cubierta de polvo, quiero decir.
Me pregunto también si es cosa de mi personalidad, mis necesidades o si somos el único matrimonio que se ha acomodado un poquito, porque cuando saco este tema, o no se confiesan o vete a saber, quizá su vida está llena de chispas y complicidad y por eso nadie me acompaña en el sentimiento de echar de menos el ligoteo. Pero yo seguiré buscando, seguro que alguien más sabe de qué le hablo…
