Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
No sé ni por donde empezar. Los psicólogos parece que somos de piedra y lo cierto es que no lo somos. Hacerse cargo diariamente de los problemas de cada paciente, algunos muy peliagudos, se hace duro, porque, además, se crea una relación estrecha con ellos. Es cierto que siempre hay que tener en cuenta esa cierta distancia para que los pacientes no nos sientan como amigos sino como terapeutas, pero al final, los psicólogos, o al menos yo, me llevo muchas de las cosas que escucho cada día a mi casa. Y me voy preocupada por algunos pacientes, esperando a ver qué ha ocurrido en sus vidas o con sus situaciones o problemas, en esos días en los que no nos hemos visto. No olvidemos que para hacer un buen trabajo, ahondamos en profundidad en la persona, en sus recuerdos, en su vida, en sus miedos, en sus fortalezas, en su forma de relacionarse.
Es por todo esto que, tras muchas sesiones juntos, siempre tengo la sensación de conocer a las personas y aunque algunas son más distantes, otras se convierten de alguna manera en gente muy cercana para mí e incluso les cojo mucho cariño.
Hace un año acudió a mi consulta un hombre, como otros tantos. Es cierto que aunque sean mis pacientes, una no es ciega y los hay más atractivos que otros, aunque este hombre en particular no era precisamente a priori de los más guapos.
Su historia de vida era complicada, pero desde el principio vi en él una persona con un buen corazón, con algunos miedos importantes a superar pero muy resiliente e inteligente. Consulta tras consulta, me enternecían muchas de las cosas que me contaba e iba viendo en él características realmente bonitas. Estoy acostumbrada a tratar a muchas personas, pero este hombre tiene una forma de ver el mundo y la vida realmente particular.
Me di cuenta de que con él empecé a traspasar ciertos límites de dudosa profesionalidad, como el hecho de que por un motivo concreto, le di mi número personal para que me escribiese si lo necesitaba. Y lo hizo, y nos estuvimos mensajeando, y aunque realmente fue en clave de ayuda terapéutica, para mí fue algo más que trabajo. Fue ilusionante que acudiese a mí fuera de consulta y me gustó charlar con él.
Y aquí viene mi gran problema, y es que por un lado soy antes persona que psicóloga, pero por otra, estoy perdiendo la perspectiva objetiva, y eso no es profesional. Me gusta mi paciente, esa es la verdad. A veces fantaseo con tener una relación con él y con otras muchas más cosas que no deberían estar en mi cabeza, pues yo no debería mirarlo como hombre, pero es que creo que estoy enamorada de él. Espero con ansia a que venga a consulta y si alguna vez me cambia o anula la sesión, no puedo evitar sentirme decepcionada.
No sé qué hacer. En diversas ocasiones me ha dicho el pilar tan importante que le supone a él el hecho de venir a terapia conmigo, y no me siento capaz de dejarlo en la estacada, y además, no sé con qué tipo de excusa podría hacerlo. No es ético seguir haciendo terapia con él como si nada, pero tampoco me parece bien decirle que se busque otro psicólogo. Alguna vez he barajado ser sincera con él, porque sinceramente tengo la sensación de que algo existe entre nosotros, pero imaginad que no he calibrado bien y siente vulnerada su intimidad por estar contándole su vida a una psicóloga que tiene sentimientos por él. No sé, es complicado.
Yo a su vez también voy al psicólogo (los psicólogos solemos acudir a colegas para hacer nuestras propias terapias) pero me ha dado pudor contarle mi situación porque no quiero que este asunto me quite profesionalidad a sus ojos.
Supongo que tendré que inventarme una excusa más o menos verosímil y romper la relación terapéutica con mi paciente. Y ya sin ese vínculo, si alguna vez nos encontramos por la vida, que sea lo que tenga que ser.
