Era el verano del 2010, Julio para ser exactos, y hacía 4 meses que lo había dejado con mi pareja de 5 años y pico, por lo que mi amiga me dijo que me fuera con ella a la boda de su hermana, que ella también se había quedado soltera y que en la boda iban a ver mogollón de tíos buenos de uniforme, ya que su cuñado era guardia, ejem ejem, ya os podéis imaginar cual fue mi respuesta.
Pues allá que me enfundo en un mini vestido negro, con mis gloriosos 90 kilos, un escote en pico y mi muslamen al aire (que mi madre a día de hoy aun recuerda con espanto, ya que siempre me decía que iba muy corta, que si no me daba vergüenza y que no enseñara tanto los muslos…). Pero yo, que soy una tía con personalidad fuerte, le hice el mismo caso que si pides que llueva para arriba, y menos mal, porque si no, pobre de mí.
Imaginaos cuando llego a la puerta de la iglesia, sin conocer apenas a nadie (a mi amiga, a su hermana la novia y a sus padres) y empiezo a hacer reconocimiento de uniformes, ¡el abanico no daba abasto! Yo me empiezo a poner mala, entre el calor de los 40º a grados a la sombra de un 10 de julio en Murcia, a las 5 de la tarde y sin nada que impidiera que mis hermosos muslos se rozaran hasta decir basta, con unos taconazos que en la vida hubiera imaginado que me pondría y lógicamente, sin medias que impidieran que al día siguiente no tuviera los pies hechos polvo. Fue el peor momento de mi vida, ¡de milagro el rímel se mantuvo en su sitio!
Total, que ya en el restaurante, hasta que no llegó el momento de las copas, todo fue normal, más que nada porque mi amiga al ser la hermana de la novia estuvo más tiempo levantada que en la mesa, y yo mientras, pues bebía y buscaba objetivos de uniformes.
El momento barra libre + baile fue EL MOMENTO, ya mi amiga se había quitado las preocupaciones de cumplir como “hermana de la novia” y yo me quité los tacones infernales y nos apalancamos en la barra, lógicamente, acaparando la atención de más de uno… que si risas por aquí, que si tonterías por allá… cuando me di cuenta estaba hablando con un muchacho que no era nada del otro mundo pero tenía algo, y claro, con la ingesta de alcohol que llevaba yo en mi cuerpo, no podía ponerme a elegir, jajaja.
Total, que nos pasamos la noche bebiendo, bailando, fotos por aquí, fotos por allá, risas, chistes… y cuando amaneció y dijimos de irnos, la celebración que era en un hotel, sin darme cuenta estaba sentada en la cama de su habitación y yo solo repetía que me sentaba porque estaba esperando a mi amiga que no me iba a ir y dejarla allí sola, típico que haces cuando estás sentada en la cama de un tío, pensar en tu amiga.
Al minuto estábamos dándole al tema, lógicamente, aunque no llegamos a mucho puesto que ninguno llevábamos protección y por ahí no paso (no, no, no).
Nos dimos los teléfonos, él con intención de llamarme para terminar lo que se quedó a medio y punto, (según me confesó más tarde), nos despedimos a las 8 de la mañana, él se quedó en su habitación de hotel y yo me fui a la playa con mi amiga a pasar el día maldiciéndome por no llevar conmigo un maldito preservativo.
Cuatro días más tarde recibí una llamada que terminaría en una relación de 8 años y 5 de convivencia… así soy yo, una tía de más de 90 kilos que causa furor con su roce de muslos.
Miriam S.