Me acuerdo perfectamente de la noche en la que nos conocimos. Yo brindaba con mis amigas con chupitos de tequila por mil planes de futuro. Tú, habías acabado en una discoteca, con tus compañeros de trabajo, prometiendo que sería la última. Pero no nos engañemos, ni yo cumplí los planes de mis brindis, ni tú te tomaste la última.
Me acuerdo del momento exacto en que te vi, y de como te sonreí, y de como me di rápidamente la vuelta para darle un codazo a mi amiga y decirle que ya tenía objetivo para esa noche. Unos meses después me contaste, que sí te diste cuenta de la sonrisa, y que le dijiste a tus compañeros que una chica te miraba, y que esa noche no te ibas solo.
No sé como empezamos a hablar. Bueno, sí, seguramente mi amiga Claudia tuvo algo que ver, a ella no le gusta perder el tiempo ni que lo perdamos las demás, así que con total seguridad intervino para que nuestros grupos acabasen bailando juntos, como si fuésemos todos a una.
¿De qué hablamos esa noche? No me acuerdo, pero joder, si sé que lo pasamos volando, cuando nos dimos cuenta, eran las 6 de la mañana y nos estaban echando, ¿cómo había pasado la noche tan rápido? Mis amigas y tus compañeros de trabajo nos esperaban fuera, ahora siendo todos un único grupo. Y yo me moría por comerte la boca, pero me temblaban las piernas y no me atreví, así que emprendimos el camino al metro. Parándonos en cada semáforo, alargando más de la cuenta una despedida que ninguno de los dos queríamos que llegara. Y justo, en ese último semáforo, en Alonso Martinez, fue un todo o nada…¡y qué todo!

Y cuando bajaba las escaleras del metro y tú te quedabas fuera, esperando el bus, sentí algo por dentro y no sé porque, yo que no quería ninguna complicación, que sólo quería pasármelo bien, volví a la calle a darte mi número, quería darte un beso una vez más porque me supo a poco el de antes, y así sí, volví con mis amigas de camino a casa.
Justo cuando entraba por la puerta de casa, ahí tenía tu primer mensaje, ¿cuándo nos volvíamos a ver? Me acuerdo de otra cosa, esa noche las paredes se movían mucho, pero aún así, me alegraba de que lo hicieran.
Después de esa noche, llegaron mil mensajes, mil bromas, bromas que hacíamos nuestras y que nadie más iba a entender, estábamos creando un código, y nos estaba quedando todo tan bonito. Y así, entre mensaje y mensaje, entre bromas, llegó nuestra primera cita. Y yo que no creía en cuentos de príncipes azules, me permití creer que podía funcionar, y que quizás si que eran de verdad, y que hasta entonces sólo había encontrado sapos.
Esa primera cita, siguió a otras tantas, no hacías más que sorprenderme. Pasamos un verano viajando sin parar, justo lo que siempre había soñado, sin preocuparnos por nada, total no teníamos nada que perder. Y yo, que no quería complicaciones, y yo que renegaba de los príncipes azules, me había enamorado de ti hasta el fondo de mi ser. Y de pronto, una noche tonta en Gijón, empezaste a hablarme de amor, y ahí llegó tu primer te quiero. Y de verdad, que en ese momento me sentí flotar completamente.
El verano pasó, y volvimos a la normalidad, y yo cada día estaba más enamorada, no entendía como había podido pasar toda mi vida sin ti, ¿cómo había podido estar tan perdida? Te convertiste en mi sol, y yo sólo sabía orbitar a tu alrededor. Te quería tanto que dolía, pero si dolía quería decir que era de verdad, eso era la felicidad. Menos mal que tú siempre estabas ahí para explicarme las cosas.
Te quería tanto, que entendía que siempre pensaras en ti y nunca en mi, y entendía que no te podía dar por sentado, por que tú eras muy complicado, y entendía que tenía que asumir que algún día me fallarías a pesar de los que me querías y a pesar de que yo te quería con todo mi ser. Pero el amor todo lo podía y yo iba a estar de su lado, al fin y al cabo nos habíamos encontrado, ¿y cuántas personas podían decir que habían encontrado a su alma gemela? Yo era una de ellas.
Los meses fueron pasando, y yo cada vez era menos mía y cada vez más tuya, pero éramos tan felices… Te quería tanto. Estaba tan obsesionada contigo, que me daba igual todo el mundo, amigas, ¿para qué os necesito?, ¿familia? Tampoco hacia falta. Sólo con que me quisieras ya me bastaba. Y un día, tuviste una idea. ¿Por qué no nos íbamos a Barcelona? Los dos solos, sin nadie que se entrometiera en nuestro mundo. De verdad, cada día ideabas formas de hacerme más feliz, y de tenerme más contigo. Y si a mi me asustaba algo, no pasaba nada, por que me querías…bueno, me querías a ratos, pero yo ya quería por ti, por mi y por todos mis compañeros.

Y de esta manera, fue como acabé en Barcelona, sola, sin ti, sin mi familia y sin mis amigos. Por que justo unos días antes de irnos, decidiste terminar ese puñetero master, que llevaba aparcado en tu caja de tareas pendientes años, y que nunca habías tenido tiempo para acabar. Me dijiste que no pasaba nada, que fuera yo sola, abriéndonos camino, que te diera un par de meses para cerrarlo todo en Madrid y vendrías conmigo. Te creí, igual que me creí cada uno de tus te quieros, igual que me creí cada una de tus promesas, y cada vez que me creí cualquier cosa que saliera de tu boca.
Todos sabemos que no apareciste a los dos meses, ni a los tres ni a los cuatro…realmente nunca apareciste. Volví un montón de veces a Madrid, de visita, y nunca tuviste tiempo para mi. ¿Dónde quedaron todos los te quieros? ¿Dónde quedaron todos los planes de futuro?
A los meses recibí una llamada de teléfono, era tuya, y a ti no te gustaba hablar por teléfono, así que sabía que sería algo importante. En el fondo sabía lo que me ibas a decir, sabía que hasta ahí duraba nuestra historia, y sabía que era lo correcto, pero eso…me destrozó por dentro.
Tarde mucho tiempo en recuperarme de aquello. Hoy, después de tantos años, todavía siento una doble palpitación cuando te veo. No he sido capaz de volver a hablar contigo, porque no me salen las palabras, y es una lástima por que son más de mil las que me gustaría decirte.
Pero aquí va un pequeño intento.
Te perdono y sobre todo me perdono. Te perdono por tenerme arriba y abajo, te perdono por no ser sincero, te perdono por callar más de lo que decías, te perdono por perderme, te perdono por no quererme como quería que me quisieras. Me perdono por no ser sincera, me perdono por haberme empequeñecido a tu lado para que tú fueras el gigante, me perdono porque aún hoy, después de tantos años sigas apareciendo en mis recuerdos de forma traicionera y sobre todo te perdono haberme dejado sola.
También te quiero agradecer los momentos en los que me hiciste feliz y reir, como cuando hiciste la croqueta en un tren de vuelta de San Sebastián, cuando me escuchaste sin decir nada mientras abría mi corazón por primera vez. Te agradezco que me descubrieras el mundo, y que viviera más allá de mi zona de confort. Te agradezco que me llevases hasta Barcelona, porque gracias a eso, soy la persona que soy ahora mismo, y de verdad, es de lo que más orgullosa estoy. Pero sobre todo, te agradezco que aparecieras en mi vida, que la revolucionaras, y me revolucionaras a mi.