Hace un par de semanas mi marido tuvo una celebración de empresa en un hotel porque habían cerrado un año espectacular y los beneficios habían superado todas las previsiones.
Llevaba semanas hablando del evento. Cena, copas, entrega de reconocimientos…un fin de semana de hotel para todo el equipo.
Por otro lado, mi mejor amiga tenía una despedida de solter.a Una amiga suya se casaba y habían organizado un fin de semana completo. Spa, cena, fiesta y hotel. Nada raro, de hecho cuando me lo contó no pregunté muchos detalles.
Mi marido se iba hace dos fines de semana. Quise quedar con mi amiga para hacer algún plan pero me recordó que era el mismo fin de semana que tenía la despedida. Vaya por Dios.
No suelo ser una persona conectada a redes sociales, pero dado el aburrimiento me pasé unas cuantas horas en Instagram. Yo sabía que mi marido estaría en Menorca, pero no sabía donde estaría mi amiga. En las historias de mi marido salía una piscina de un hotel bastante llamativa, con una forma muy peculiar. Esa misma noche mi amiga subió varias fotos sola, lo que es un poco raro siendo una despedida de soltera, en un hotel con la misma piscina. Quise creer que sería casualidad, pero esa piscina tenía una forma tan rara que era prácticamente imposible.
Luego vi otra historia de mi marido. Subió una foto desde una terraza con vistas al casco antiguo de una ciudad que reconocí enseguida porque habíamos estado allí años antes. Unas horas más tarde, mi amiga tenía una foto similar en sus historias. De fondo aparecía exactamente el mismo, pero la de ella era de noche.
Decidí escribirle a ella y preguntarle en qué hotel estaba, ya que se veían muy bonitas las fotos. Su mensaje me apareció en visto, pero no me contestó. Volví a entrar en instagram para ver con detalle ambas fotos, pero las había eliminado. O eso pensé. Lo sospechoso fue que cuando quise ir al perfil de mi marido, él también las había eliminado.
Hace años tuve una cuenta de instagram donde subía cosas de artesanía que hacía. Llevaba sin usarla tranquilamente como 4 o 5 años. Tenía a ambos agregados. No habían eliminado las historias, me las habían restringido. Me cambié rápido el nombre de perfil y eliminé las fotos que tenía publicadas para no levantar sospechas.
Entré en la ubicación del hotel que había publicado mi marido y comprobé el nombre. Lo busqué en Google y destacaba precisamente por su original piscina, la cual había llevado varios premios por su originalidad.
Al principio intenté buscar explicaciones razonables. La ciudad es turística. Hay muchos eventos. Quizá había coincidido sin más. Pero cuanto más revisaba las publicaciones,
menos sentido tenía. Era demasiada casualidad. No tuve noticias de ninguno de los dos en todo el día (y noche).
Mi marido tiene un hábito todas las mañanas, se ducha nada más despertarse. Sobre las 9 de la mañana me llamó mi amiga. Pude escuchar de fondo una ducha.
“Ay tía, perdona que ayer no te contesté, estabamos haciendo una yincana por la calle”, me dijo.
Le pregunté donde estaba su hotel, que por las fotos tenía muy buena pinta, pero dijo que no recordaba el nombre.
“Hombre, ¿pero no tienes por ahí un amenitie o una toalla con el nombre grabado?” Pregunté.
“Nena, que es un hotel de lujo, que hemos tirado la casa por la ventana, en estos hoteles no hay de esas cosas”. Contestó. Podría hasta tener razón, no lo sabía.
Durante ese día, mientras mi marido supuestamente estaba en una comida de empresa, mi amiga publicaba contenido desde lugares donde él también había estado pocos minutos antes.
Esa noche quise volver a intentarlo. Era sábado, seguro que mi amiga saldría de fiesta en la supuesta despedida. Le pedí un selfie. La muy idiota se hizo una foto espejo. Descargué la foto antes de que pudiese eliminarla, usé el zoom y, aunque se veía muy poco, en las toallas podía identificar las iniciales mayúsculas del nombre del hotel. Del mismo que mi marido.
No lo oculté mucho, le contesté:
“Tía, que guapa, oye ¿y no te has cruzado con mi marido? está en el mismo hotel que tu”.
“Pues no, te dejo que ya me están llamando”. Y fue lo último que supe de ella ese fin de semana. O eso es lo que ella pensaría, porque con mi cuenta secundaria continuaba siguiendoles.
Pensaréis que estoy loca, pero esto fue un cachondeo en mi cara. Quizás no hubiese sospechado si hubiesen dicho que se habían cruzado y hasta si me hubiesen enviado un selfie juntos en plan “mira a quien me he encontrado, que casualidad”. Me lo hubiese tomado con humor y no sospecharía. Pero en el momento que me restringen las historias y no me contestan a los mensajes… la cagaron.
Aún así, aunque llegó a pasarme por la cabeza, me negué a cogerme un avión para ir a cazarlos. Pensé que sería más barato si les salía en el aeropuerto. Le pregunté a mi marido a que hora llegaría, dijo que al mediodía. Mi amiga dijo que llegaría por la noche.
Busqué en las aerolíneas en que horario llegaban los vuelos de Menorca. Descarté los de las 7 de la mañana hasta las 10… Supuse que querrían dar rienda suelta cuando se despertasen. Aposté todas mis cartas a que llegarían en el de las 14:30.
Efectivamente no habían tenido tanta inteligencia como para haber venido en vuelos distintos, ni siquiera para cortarse y no llegar al aeropuerto acarameladitos. Ninguno de los dos se dio cuenta de mi presencia hasta que empecé a aplaudir y a gritar “¡¡¡¡Vivan los novios!!!!” Hasta hubo gente que se animó y gritaba “¡¡Viva!!”.
Nunca he visto a dos personas palidecer cinco tonos de piel tan rápido. No podían negarme nada, estaban a menos de tres metros de mi. Tenía capturas de todas sus historias, era innegable lo que había pasado.
Los dos trataban de dar la misma versión de los hechos. Que coincidieron en aeropuerto de Menorca, que no sabían que estaban en el mismo hotel, que cada uno hizo cosas diferentes… incluso trataron de enseñarme fotos en distintas ubicaciones, aunque se veía claramente que eran días distintos por la ropa que habían subido a redes. Le pregunté a ella que donde estaban todas las de la despedida entonces, pero decía que cada una había cogido un vuelo distinto por ser de otras zonas.
Han pasado dos semanas y siguen con la misma versión, pero amigas, ojo de loca no se equivoca. Solo he permitido que mi todavía marido entre en casa para recoger sus cosas. De mi “amiga” no quiero saber tampoco nada.
