Un amor platónico que me destrozó por dentro

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  • Lau
    Lau on #313099

    Llevo tiempo queriendo contar esto para sacarlo de una vez de mi pecho y mi mente.

    Esta historia ocurrió cuando aun tenía 16 años y pensaba que el amor era como las películas de Hollywood. Por ese entonces, volvió a mi vida la persona con quien había compartido casi toda mi infancia. A partir de ahí, fui cuesta abajo y sin frenos. Me enamoré perdidamente de él. Él se había tenido que mudar por el trabajo de sus padres, así que solo nos quedaba hablar por teléfono/whatsapp y vernos en Navidad. Recuerdo que esperaba esas vacaciones con una insana impaciencia. Y así, queridas, es como pasó de ser “el chico que me gustaba” a ser “mi amor platónico”.

    Pasaron unos 2 años y la cosa se enfrió. Pero, al llegar a los 20, volvió a aparecer.

    Me habló por Facebook un mes antes de Navidades. Nos pusimos al día con nuestras cosas, etc. y me soltó la bomba: quería verme en las vacaciones. Algo dentro de mi hizo click y se abrieron las puertas de los sentimientos. Volvimos a hablar a diario, haciendo planes, decidiendo qué hacer cuando nos viésemos.
    Llegaron las Navidades y, en nochevieja, salimos juntos de fiesta. Él se vino con mis amigos y, cuando dije que quería tomar el aire, vino conmigo. Hacía fresco, así que decidimos caminar un poco, pero a los pocos metros me paró, esperó unos instantes que me pusieron el corazón a mil, y me besó.

    Pero ay amigas, poco sabía yo del calvario que vendría después. Pasamos los 3 días siguientes juntos y, cuando tuvo que marcharse, me dolió en el alma. Una parte de mí se consolaba diciendo que hablaríamos todos los días, pero no fue así. Después de aquel beso y esas minivacaciones, la cosa cambió. Le notaba más distante, más cortado. Me explicaba que estaba a tope con la carrera y que tenía poco tiempo, y yo le creí. Nos vimos una vez más en persona y la cosa volvió a fluir de maravilla entre los dos. Cuando tuvo que irse, volvió a su estado de indiferencia y, al preguntarle si le pasaba algo, me acusó de estar loca, de ver fantasmas donde no los había y de no dejarle trabajar y centrarse en su carrera en paz. Me sentí como una mierda. Pensé que estaba exagerando las cosas y que sí, que yo era la loca. Pero hacía cosas que me dolían y que yo nunca quise ver como problemas: se reía de ciertas partes de mi cuerpo cuando subía fotos a instagram, odiaba que dijese ciertas palabras y me amenaza con no hablarme si las pronunciaba, se enfadaba conmigo cuando le decía que X cosa que había hecho me había molestado, y un largo etc. Me trataba como si fuese alguien que tuviese que complacerle, pero nunca quise verlo.

    Llegó verano y decidí que me tocaba a mí ir a visitarle. Sus padres se iban de vacaciones y nos dejaban la casa para nosotros. Aunque le notaba algo raro con el plan, me monté en un tren y fui camino a su ciudad. Me recibió como siempre, muy encantador, con una sonrisa que me decía “tranquila, estamos bien, todo han sido imaginaciones tuyas”. Obviamente, era mentira. Aunque el día transcurrió normal, a la noche empezaron los cambios: no quiso tener sexo conmigo. Me dijo que había estado toda la mañana ayudando a su padre por teléfono con un problema que habían tenido y que estaba muy cansado. Yo, como podéis imaginar, le creí.
    Al día siguiente empezó a tratarme igual que me había tratado por whatsapp, solo que a tanta bordería, se le unió la indiferencia, hasta el punto en que un día me dijo que me tenía que quedar sola, porque tenía un cumpleaños y no podía faltar. Me pasé todo ese día dando vueltas por la ciudad y de noche llorando y sintiéndome fatal. Cuando volvió, vino con tal resaca que me mandó literalmente a la mierda. De nuevo, no le acusé a él de tratarme así.

    El colmo llegó cuando salimos de fiesta una noche. Fuimos con sus amigos y nos emborrachamos, él más que yo. En un momento que se fue a por más bebida, fui con él y le pedí salir a fuera. Me hizo caso a regañadientes. Una vez fuera, le volví a preguntar si pasaba algo y ahí, con el alcohol actuando, terminó explotando: me dijo que durante todo este tiempo había sentido que estaba cuidando de una niña pequeña, que era una caprichosa y que le amargaba los días con mis tonterías. Que él solo quería divertirse y yo era una amargada. Me dijo que dejase de creerme especial, que una relación no se conserva agobiando tanto a la otra persona. Y terminó diciendo: además, he estado quedando con una chica este último mes.

    ¿Sabéis lo peor? Que, cuando le dejé allí y me fui llorando de vuelta a su casa (tenía un par de llaves por si acaso), le escribí para pedirle perdón por molestar. Me sentía como una mierda. Eran las 6am cuando llegué, guardé todas mis cosas, dejé las llaves en su casa y me fui a la estación. Pude cambiar el billete y coger el primer tren que me llevaba de vuelta a casa. Durante todo el trayecto sentí la vergüenza, la humillación y el dolor por todo lo que había pasado. De golpe, todas las cosas que me había hecho durante los 6/7 meses que habíamos “estado juntos” dejaron de ser paranoias mías, a ser verdaderos ataques por su parte. Me di cuenta del poder mental que había ejercido sobre mí, haciéndome sentir inferior y responsable de su malestar.

    Y, siendo mi amor platónico, aquello dolió más que nada. Él me habló al tiempo, para decirme que había visto una película que le había recordado a mí. Vino hablándome como si nada hubiese pasado. Yo, por mi parte, actué con indiferencia y a las pocas frases me dejó de hablar.

    Esto es un pequeño fragmento de todo lo que hizo. Mi historia es un ejemplo más de que, aunque creas que eres fuerte y que nunca te van a manipular, hay que andarse con ojo. Que no va a pasar nada si desconfías al principio y que es mejor prevenir que curar. Y, lo más importante, salir de ahí y volver a ser feliz es uno de los mayores logros que he podido alcanzar.

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