No es que sea en contra de los novios ni que no me alegre de que estén bien porque me alegro, de verdad que me alegro, que mis amigas estén contentas es lo que quiero para ellas. Pero hay una cosa que se llama un viaje de amigas y otra cosa que se llama un viaje con novios y no son la misma cosa aunque vayamos las mismas personas.
Llevamos un año con esto planificado. El destino, el apartamento, los días, todo hablado y acordado entre las cuatro con ilusión de la buena de esa que acumulas durante meses pensando en los planes que vais a hacer y en las conversaciones que vais a tener y en dormir en la misma habitación como cuando teníais quince años. Un viaje de las que llevamos veinte años siendo amigas y que cada vez cuesta más organizar porque la vida se complica y los huecos se reducen y cuando coincide un hueco hay que aprovecharlo.

Y entonces en el grupo, hace tres semanas, una dice que si podría traer a su chico que llevan dos meses juntos. Antes de que yo pudiera procesar la pregunta la otra ya había contestado que buenísima idea que ella también quería traer al suyo que llevan mes y medio.
Mes y medio.
Las otras dos, que somos las que seguimos solteras o sin pareja nueva, nos miramos por videollamada con esa cara que no hace falta explicar. Nadie dijo que no en ese momento porque decir que no en ese momento hubiera sido ser la aguafiestas y ninguna quería ser la aguafiestas. Pero tampoco nadie dijo que sí con convicción.
Desde entonces hay una conversación que no se está teniendo en el grupo y que se está teniendo en privado entre las que pensamos lo mismo y eso ya me parece suficientemente mal señal como para que alguien diga algo antes de que lleguemos al aeropuerto y ya no haya vuelta atrás.
No quiero perder el viaje. Tampoco quiero pasar una semana de tercera en mi propio viaje de amigas mientras ellas están en modo pareja nueva que es el modo más absorbente que existe en la historia de las relaciones humanas.