No os voy a mentir diciendo que esto le pasó a una amiga, porque siendo francas, lo viví en mis propias carnes (nunca mejor dicho).
En mis tiernos 20 años, estando en pleno apogeo del folleteo, conocí a un chico con la misma revolución interna que yo. Cada cita era exprimida al máximo, aunque más que la cita lo que exprimíamos eran nuestros cuerpos. Yo acababa de empezar a trabajar, y él tenía un precario empleo de fin de semana, por lo que nuestras citas se dedicaban básicamente al fornicio donde la calle nos diera refugio. Alguna que otra vez teníamos el detalle de darle alimento real al cuerpo, así que nos comprábamos pan, embutido e improvisábamos el picnic menos romántico de la historia donde nos pillara, aunque para nosotros era un planazo.
Aquella noche fuimos a la playa. Entre la temperatura exterior y el fuego de nuestros cuerpos, decidimos salir del coche y seguir dando rienda a nuestros deseos sobre la arena, bajo la luz de la luna, con el sonido de las olas rompiendo a nuestros pies. En ese entorno tan idílico, podéis imaginar lo bien que lo estábamos pasando: yo tumbada, él con la cabeza entre mis piernas… hasta que nos pareció oír voces que se acercaban. En plena oscuridad, no vimos a nadie hasta que ya estaban a punto de tropezar con nosotros. Bueno, la oscuridad y que yo tenía los ojos en blanco y él estaba metido en la cueva.
Nos quedamos quietos, como cuando los niños se esconden detrás de una cortina pensando que no le ves los pies, y en cuanto pasaron de largo, entre risas silenciadas, volvimos al coche para seguir con algo más de intimidad. Yo estaba enfangada, mis flujos actuaban como la mezcla de art attack con la arena, y como buenos jóvenes sin previsión ninguna, no teníamos nada con qué limpiarme para no dejar el asiento del coche como las sábanas de un púber.
Aquél día habíamos comprado para reponer energía pan de molde, así que no nos quedó más remedio que sacrificar nuestra cena y hacer un par de sándwich empanados en pro de mi flora vaginal. Desde entonces, nunca nos faltaron pañuelos ni toallitas, pero tampoco volví a mirar un sandwich con los mismos ojos…
