Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
Un compañero profesor se drogaba en clase hasta el punto de…
Soy profesora en un instituto y en general, empatizo bastante con mis alumnos, suelen confiar en mí y me cuentas bastantes cosas. El curso pasado, como ocurre en todos, varios compañeros nuevos entraron como interinos para ser profesores durante ese año. Entre ellos estaba Víctor. Un chico de unos 35 años, procedente de otra comunidad autónoma. Me pareció un chico majo y le invité a unirse con otros compis para que empezara a conocer gente, ya que no era de la ciudad.
Quedábamos bastante fuera del instituto, a veces solos y otras con otros compis. No sentíamos atracción sexual, pero nos llevábamos muy bien como amigos y le cogí bastante aprecio. Una noche quedamos varios del curro para cenar y salir, y ahí es cuando me di cuenta de que Víctor iba demasiado al baño. O tenía un problema de próstata o claramente se estaba drogando. Me decanté por la segunda opción al ver que conforme iba pasando la noche él estaba más y más eufórico.
Lo dejé estar porque es mayorcito y cada uno hace lo que quiere con su vida, pero las demás noches que salimos ocurrió lo mismo y empecé a pensar que quizás tenía algún problema con las drogas. La idea me rondaba la cabeza y comencé a estar más pendiente de él a diario. Había días que venía al instituto con una cara de no haber dormido nada, hecho polvo. En cambio, otros, estaba con unos ojos como platos y no podía parar. Ahí ya sospeché que no sólo se metía de fiesta, si no que venía al instituto drogado.
Intenté hablar con él del tema porque teníamos confianza y cariño, pero siempre le restaba importancia y se ponía a hablar de otras cosas. Yo estaba preocupada porque trabajamos con menores, y no son tontos. Un día, mis alumnos me confirmaron todas mis sospechas. Vi que un grupo de niñas me miraban y hablaban entre ellas. Querían acercarse, pero parecían preocupadas y no se atrevían, así que me acerqué yo. Les pregunté si querían hablar conmigo y me dijeron que sí.
Empezaron a contarme que Víctor, que también era profesor suyo, había estado muy raro en la última clase. Dijeron que les dejó trabajar en grupos mientras él parecía dormir en la mesa del profesor, y que de repente dio un golpe en la mesa gritando que hablaran más bajo, que estaba hasta las narices de sus gritos. Intenté explicarles que a veces los adultos no sabemos reaccionar porque también somos personas que tienen días mejores que otros, pero ellas me dijeron que después de eso hubo más.
Víctor, por lo visto, empezó a delirar diciendo que iba a surfear en clase. Algunos niños se rieron y le dijeron que cómo iba a hacer eso, si estaba dentro de un aula. Entonces se subió a la mesa del profesor y empezó a hacer como que estaba en medio del mar cogiendo las olas. Las niñas al contármelo no sabían si reírse o no, porque según me dijeron, Víctor tenía cara de loco y les dio mucho miedo.
Sinceramente, yo no sabía como reaccionar a lo que me estaban contando. Intenté dejarlas tranquilas, pero me pareció algo muy serio. Estaba claro que mi compañero había ido drogado a clase y le había dado un brote de algo. Esa misma tarde llamé a Víctor y le dije que viniera a mi casa porque teníamos que hablar. Le conté todo y se echó a llorar diciéndome que tenían un problema real con las drogas. No quise dar parte al equipo directivo, pero le avisé de que si volvía a repetirse algo así, lo haría.
Desde ese día no volví a ver cosas raras en él, pero este curso no repite en mi centro. Sólo espero que allá donde vaya se comporte, porque como he dicho, trabajamos con menores susceptibles, que de tontos no tienen un pelo, y que eran conscientes desde el principio de lo que le ocurría a su profesor.