Reproducimos una historia que nos llega a [email protected]
Soy una loca de los escape rooms desde que empezaron a ser conocidos. He estado en todos los que tengo a varios kilómetros a la redonda (cuando digo todos es absolutamente todos, y varias veces) y he llegado a viajar hasta 600 km solo para ir a un escape room. El caso es que, conforme Halloween ha ido cogiendo fuerza, han ido apareciendo escape rooms de terror por todos los lados, algunos muy bien hechos. El problema es que yo soy super miedosa. Tengo auténtica fobia a que me den sustos y lo paso fatal incluso viendo cosas en la tele que ni siquiera son de miedo, pero como yo intuya que van a dar susto, no puedo mirar. Así que se me planteó un dilema cuando mis amigas hablaron de organizar una quedada para ir a uno del que hablaban maravillas. Yo quería saberlo todo, cada susto que te daban y de qué nivel, pero claro, la gente no te da esa información porque entonces ya no tiene gracia. Me daba mucho palo hacerlo, pero me moría de la envidia solo de imaginarme el momento en el que se iban todas mis amigas y me quedaba yo en casa viendo la tele. Cogí, me vine arriba, y me apunté.
Por fin llegó el día y fuimos hasta allí en autobús, una hora de trayecto, y yo arrepintiéndome cada cinco minutos. No podía parar de pensar en lo mal que lo iba a pasar con los sustos, pero estando de camino ya no podía echarme atrás, y menos con mis amigas riéndose de mí con solo mirarme la cara de acojono. Cuando llegamos, nos recibieron delante de una fachada que ya daba mal rollo, con un cartel roto con letras góticas y con la típica luz blanca que parpadea. Un tío super alto y muy flaco, con la cara todo pálida y ojeras negras nos sonreía, y sin decir nada me dio las instrucciones escritas en una hoja asquerosa, como con manchas hasta de sangre. Olía a humedad y a lejía, y había de fondo una musiquilla ambiental super malrollera y siniestra.
Apareció más gente con pinta de zombie y nos guiaron hasta una puerta de metal que rechinó mogollón al abrirla, y nos dijeron “una vez que entréis no podréis salir de aquí… vivas”. La típica chorrada, sí, pero yo ya estaba muy dentro de la movida y me dio un escalofrío. Dentro, nos encontramos una casa con decoración brutal: todas las paredes super guarras y destrozadas, los muebles llenos de arañazos, un montón de mierda por el suelo… todo con una iluminación super tenue que venía de una lámpara que no dejaba de moverse, creando un montón de sombras alrededor. Íbamos todas juntas, avanzando por diferentes habitaciones, llenas de muñecas cubiertas de polvo, relojes parados… Mis amigas iban buscando pistas pero yo estaba demasiado alerta, aterrorizada por el pensamiento del primer susto que nos iban a dar. De repente, en medio de un pasillo, se apagó la luz y todas chillamos a la vez. Yo noté un aliento frío en la nuca y me quedé paralizada. Cuando volvió la luz, me di la vuelta y había una figura encorvada, con una bata sucia y los ojos blancos, que cogió y me soltó un chillo loquísimo a medio centímetro de mi cara. Y no habían pasado ni 5 minutos.
Fue demasiado para mí, eché a correr hacia la puerta de la que habíamos entrado, pero me tragué una silla de ruedas oxidada que habían puesto ahí a traición, porque juraría que antes no estaba, y me caí, dando una especie de voltereta por el aire, a la vez que me cagaba encima. Exacto. Sé que no parece humanamente posible, pero así fue. Lo que pasa es que no me dí cuenta hasta que vi que a mis amigas, que vinieron a socorrerme, se les escapaba la risa. Entonces vino un inconfundible olor a caca y el consecuente bochorno absoluto. Al minuto, se encendieron todas las luces y dijeron por los altavoces que a ver si queríamos seguir o dejarlo ahí. Yo estaba dispuesta a irme sola y buscarme la vida para comprarme algo de ropa pero mis amigas son lo más y dijeron que ni hablar, que ya volveríamos otro día.
Fuimos de ahí al centro de la ciudad, donde estaban todas las tiendas, y me compré bragas, pantalones y calcetines (sí, calcetines). Sabía que se quedaría como anécdota en mi grupo de amigas y al principio no me hacía mucha gracia, pero ahora la primera que se lo cuenta a la gente soy yo y soy la que más se ríe.
