Con mi pareja buscábamos planes interesantes cada fin de semana. Cuando digo interesantes me refiero a cosas excitantes, que mantengan esa llama que se prendió desde el mismo momento en que nos convertimos en amantes, aunque ahora ya tengamos el título de novios.
Habíamos marcado en el calendario el Festival de Cine Erótico de Barcelona, en la Farga d’Hospitalet. Estoy hablando de hace más de 20 años, creo que hoy en día ya no se lleva a cabo. En el festival había un montón de expositores de todo tipo de productos relacionados con el sexo y la pornografía, a parte de algunos actores famosos de ese mundo y colaboradores dispuestos a montar un espectáculo a cambio de quien sabe qué.. tocar un par de tetas o chupar un pirulí?
No habíamos ido nunca y nos pareció que podría ser divertido, inquietante. Las entradas no eran caras, nos caía cerca… por què no aprovechar la ocasión?
Pues sí, un sábado de no sé qué mes, de no sé qué año tuvimos el honor de asistir a nuestro primer festival erótico. Estábamos emocionadísimos, con ese punto picarón que te sale cuando estás a gusto y pensando que ese día vas a echar un buen polvo. Uno más, porque cada día era un buen polvo, pero había en ese plan algo que lo hacía más excitante.
La feria estaba bien, para distraerse, veías todo tipo de juguetes sexuales, películas en formato VHS. Estuvimos observando, paseando, riendo… Algun show era digno de circo porno. Recuerdo el enano que tocaba la campana en el Bag Dag tirado en el suelo boca arriba dejándose “succionar” por una rubia de bandera, pero por mucho empeño que ponía la rubia, allí la bandera no se levantaba. La gente impaciente, silbando… menuda presión tenía el enano, yo no creo que por impotente, sino que debía llevar un cúmulo de actuaciones tal en lo que llevábamos de día, que tenía ya el pizarrín en horas bajas, nunca mejor dicho.
Iba pasando la tarde y como es lógico, necesité ir al lavabo. “Enseguida vuelvo” le dije.
Nada, un pipi rápido y a seguir con el paseíto. Pero no.
Me subí el pantalón o las medias, o lo que fuera que llevara, no esperéis que recuerde ese detalle ahora mismo. Y cuando fui a abrir el cerrojo… no hay tu tía. No giraba. Apreté fuerte, y nada. Como soy una persona tranquila no me alteré demasiado en principio. Intenté de nuevo, dos tres veces más… pero nada. No sabía qué hacer, si ponerme a aporrear la puerta, ponerme a gritar. En esa época ya había móviles, pero tenían el mismo uso que le damos hoy en día, seguramente ni lo llevaba encima. Muy lejos de entrar en pánico, que soy de las que acaba encontrando una solución, mirando hacia abajo, la encontré….
La puerta no tocaba al suelo, era algo más corta, de esas que desde fuera si te agachas ves los pies del que está sentado en el retrete. Calculé que la cabeza me pasaba y el resto era ir reptando, y eso hice. Me fui al suelo, saqué mi cabecita por la abertura y poco a poco me arrastré cual dragón de Komodo hasta que estuve fuera. Me recompuse como pude, intenté recuperar el sex appeal que ese momento culebrilla me había robado y salí al show con la cabeza bien alta, cruzando los dedos pensando que nada ni nadie pudiera delatarme y acabamos de pasar la tarde, yo entre avergonzada y partida de la risa sólo de imaginarme por lo que había pasado.