¡Hola!
El otro día me hicieron una resonancia magnética. Fui toda preparada con mis calcetines de lana hasta las rodillas por miedo a pasar frío (no sé, se me metió en la cabeza que si tenía frío no iba a poder estarme quietecita), y nada, llego allí y me pasan a una sala para que me cambie de ropa. Veo la típica bata de hospital (la duda de siempre: la parte abierta por delante o por detrás), me pongo el gorro con un esfuerzo de la hostia («esto no cede nada, el que tenga la cabeza grande lo lleva jodido para ponérselo»), veo que han dejado un segundo gorro («un error», pensé, «lo dejaré aquí para el próximo paciente»), y salgo de la sala con mis calcetines hasta las rodillas, sujetándome la bata por detrás (porque por mucho que la ates, es tan grande que se abre igual) y con la melena embutida en el gorro ese tan incómodo.
¡Venga, preparada para pasar el trago! ¿Pediré una mantita o algo por si acaso? ¿Me dará claustrofobia? ¿Me quedaré frita y me darán espasmitos que invalidarán la prueba? Esas cosas andaba yo pensando cuando el técnico me mira la cabeza con curiosidad y me dice algo. Yo, que encima de ser imbécil estoy medio sorda, sonrío (sonrío por inercia cuando no me entero de lo que me están diciendo, una manía malísima, porque igual te están contando el drama del siglo y tú ahí en plan El Joker) y al instante reacciono, no sea que me haya dicho algo importante, y le digo: «¿perdón? que estoy un poco sorda». Y, señalando mi cabeza (embutida en el gorro) con un gesto de la suya, dice: «que eso es para los pies».
«¡Coño!», se me escapó, «¡por eso me ha costado tanto meter ahí la cabeza!». Sí, Ele, y por eso había dos, uno para cada pie…
Total, que al final me costó mantenerme quieta durante la prueba, pero porque me entraba la risa cada vez que recordaba la pequeña confusión. Y no, definitivamente no me hacían falta los calcetines de lana hasta los tobillos.
